Opinión
"Es Rosalía hablando de mujeres, de su conexión con lo espiritual, de desengaño amoroso, de su forma de entender lo sagrado o de un autorretrato de su muerte"

Actualizado el 25/11/2025 a las 09:06
Hace demasiado que la actualidad y sus protagonistas lanzan a unos contra otros, animan a insultar al adversario y se empeñan en subrayar la diferencia. El infierno, lo escribió Jean Paul Sartre, son los otros. Afortunadamente la belleza es ignífuga. ¡Cuánta produce la experiencia de escuchar el disco de Rosalía! ¡Y cuánta valentía se descubre en su proceso de creación!
Lux que así se llama crea un universo a su personal manera. Osa mezclar aria y rumba, música religiosa y profana. Hay ópera, hay copla, hay canto lírico... Lo de Rosalía va de experimentar, de ensayar revolucionarias soluciones compositivas. Es Rosalía hablando de mujeres, de su conexión con lo espiritual, de desengaño amoroso, de su forma de entender lo sagrado o de un autorretrato fantaseado de su propia muerte.
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¿No es audaz meter a Dios en el debate y hacerlo en esta mixtura musical? (Qué maravilla su ‘Mio Cristo Piange Diamanti’ o su ‘Memória’) ¿No es renovadora la estética religiosa a la que se apunta? Ella elabora un elixir de forma y fondo, con tanto talento, que pellizca la emoción. La belleza no está en el objeto, ni siquiera en la música que propone sino como diría el filósofo surcoreano Byung-Chul Han está en el diálogo al que invita.
La explosión de belleza es el resultado de esa relación, la poesía estalla y pincha en el estómago de quien quiere oír. Un baño de oxígeno en medio del aire irrespirable. Rosalía admira la belleza de esas músicas en las que se fundamenta, mezcla y combina y desde ahí surge su impulso creativo. Es una observadora que mira con admiración. La contemplación de lo bello despierta una fuerza engendradora de otra belleza, ahora sí, suya. Gracias por esa audacia. También por destacar que las lenguas son elementos de unión, que la rumba y la ópera pueden salir juntas y resolver con elegancia su jumelage y por persuadirnos, en definitiva, de que arriesgar merece la pena.