Envejecer no puede ser un privilegio urbano

Actualizado el 19/11/2025 a las 09:57
Navarra se enfrenta a una urgencia que ya no admite discursos vacíos ni promesas a largo plazo. El envejecimiento de la población, tantas veces anunciado como un desafío futuro, es hoy una realidad que desborda un sistema de cuidados que se sostiene gracias al compromiso -y al agotamiento- de profesionales y familias. Una de cada cinco personas en la Comunidad foral tiene más de 65 años, y el grupo de mayores de 80 años crece más rápido que cualquier otro. Es una marea demográfica silenciosa, pero constante, que está dejando al descubierto las grietas de un modelo que no se ha reforzado al mismo ritmo que las necesidades. Los auxiliares, las trabajadoras familiares, el personal de enfermería y los equipos de atención domiciliaria trabajan al límite, conscientes de que cada retraso o cada ausencia tiene rostro y nombre. La falta de manos no es una estadística: es una señora de 84 años que espera horas a que llegue su aseo; es una auxiliar que recorre kilómetros cada día para cubrir turnos imposibles; es una hija que cambia su jornada laboral y su salud mental por cuidar a quien le cuidó.
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Y si esta situación es complicada en las ciudades, en el medio rural se vuelve dramática. Allí donde las distancias son largas y los servicios escasos, la dignidad se convierte en una pelea diaria. En demasiados pueblos de Navarra, las personas mayores esperan un transporte adaptado que no llega, renuncian a terapias por no poder desplazarse o dependen únicamente de la buena voluntad de familiares o vecinos. La brecha territorial en el acceso a los cuidados ya es un hecho: vivir en un pueblo no debería equivaler a recibir menos cuidados, pero hoy muchas veces lo es. Las familias cuidadoras, tantas veces protagonistas invisibles del sistema, también reclaman apoyo real: servicios de respiro accesibles, trámites ágiles y un acompañamiento institucional que no se limite a declaraciones de intención. Cuidar no puede ser una condena al aislamiento, al estrés o a la precariedad emocional.
Y el medio rural no puede seguir dependiendo de soluciones improvisadas. Hace falta inversión directa: equipos móviles que acerquen los cuidados, transporte adaptado estable y servicios de proximidad que garanticen que nadie quede atrás por su código postal.
El cambio de modelo es urgente. Navarra ha avanzado en la atención centrada en la persona, pero aún queda camino para que cada mayor pueda mantener su autonomía, su dignidad y su proyecto de vida durante el mayor tiempo posible. El desafío demográfico no es nuevo ni inesperado. La verdadera pregunta no es si Navarra está envejeciendo, sino si queremos mirar hacia otro lado mientras ocurre. Lo que está en juego no es la organización de un sistema, sino el tipo de sociedad que decidimos ser: una que cuida a quienes cuidaron, o una que se limita a gestionar carencias. Las personas mayores de Navarra merecen una respuesta inmediata y valiente. Las personas cuidadoras merecen apoyo y reconocimiento real. Y la ciudadanía merece un compromiso político que ponga el cuidado en el centro de la agenda pública. Porque envejecer con dignidad no puede ser un lujo. Es un derecho. Y es ahora cuando debemos defenderlo.
Marian Sainz Marqués. T. Social, Experta en liderazgo y RRHH Directora de AMAVIR Oblatas