"Una presidencia cada vez más imperial va tomando cuerpo con el riesgo de socavar el sistema democrático de Estados Unidos, que el próximo año conmemora los 250 años de su independencia y fundación
"Se puede adelantar que Trump pasará a la historia como una figura determinante por su impacto extraordinario dentro y fuera de Estados Unidos"

Publicado el 03/11/2025 a las 05:00
Con toda su grandilocuencia y exagerado histrionismo, en busca siempre de ser el principal centro de atención, Donald Trump ha logrado ya ser un presidente decisivo y una figura política excepcional en Estados Unidos. Al cumplirse este miércoles, día 5, un año de su contundente victoria ante la demócrata Kamala Harris en las elecciones presidenciales, se puede adelantar que Trump pasará a la historia como una figura determinante por su impacto extraordinario dentro y fuera de Estados Unidos. Historiadores estadounidenses coinciden en que estamos ante una era Trump, que comenzó formalmente en 2015 cuando presentó su candidatura a las elecciones primarias del Partido Republicano. Desde entonces, Trump ha transformado a los republicanos en un partido nacionalista populista que controla con mano férrea y ha destrozado al Partido Demócrata, que un año después de la derrota de Harris sigue perdido, sin liderazgo y padeciendo un vacío ideológico que puede prolongarse durante años.
Trump ha terminado de un plumazo con toda la ideología liberal woke e impulsado un nuevo conservadurismo con raíces cristianas que propugna recuperar una nueva espiritualidad con los valores tradicionales de la familia, la nación y Dios. El impetuoso Trump es también una figura política dominante en el mundo al destrozar el sistema de equilibrio de poder impuesto desde Washington después de la Segunda Guerra Mundial y todo apunta a que su influencia se extenderá más allá del final de su segundo mandato en enero de 2029. La ruptura con los aliados tradicionales desde Canadá a Europa, la imposición de elevados aranceles en contra del orden comercial internacional, el rechazo a la defensa de la democracia o la ayuda humanitaria a los países subdesarrollados marcan algunas de las decisiones más controvertidas de Trump. Está por ver si resolverá los problemas económicos y sociales acumulados por los estadounidenses que claman por recuperar la grandeza del país mejorando las condiciones de vida de la maltratada clase media. Esa mejora no se percibe por ahora, según muestran las encuestas al no recuperarse la pérdida del poder adquisitivo por lo que aumenta aún más la desigualdad entre los más poderosos y los menos favorecidos.
Tampoco se ha resuelto el encarecimiento de los precios de la vivienda o la mejora de la cobertura sanitaria, ni se percibe que avance el proceso de reindustrialización prometido. Otro peligro palpable es la polarización y la tensión en las calles por el agresivo plan de deportaciones a inmigrantes en situación de ilegalidad. Desde que volvió el pasado enero a la Casa Blanca, Trump ha acumulado, además, una enorme concentración de poder, lo que reduce la capacidad de control del Congreso y limita la independencia de instituciones claves del sistema democrático: desde el Departamento de Justicia a la Reserva Federal. Una presidencia cada vez más imperial va tomando cuerpo con el riesgo de socavar el sistema democrático de Estados Unidos, que el próximo año conmemora los 250 años de su independencia y fundación. El Tribunal Supremo se sitúa, de esta forma, como la última barrera de contención para preservar la Constitución, limitar el poder presidencial y proteger las reglas del sistema democrático, porque muchos temen que el país caiga en un peligroso totalitarismo.
Trump no oculta su admiración por la autocracia de determinados líderes como Vladimir Putin, por lo que si el Tribunal Supremo no lo remedia, Estados Unidos corre el riesgo de encaminarse hacia una presidencia imperial totalitaria. Su efecto sobre Europa y el resto del mundo sería demoledor por el riesgo de que proliferen líderes extremistas con partidos radicales como los surgidos en Alemania, Francia o Gran Bretaña. Aunque Trump quiere pasar a la historia como el gran pacificador de conflictos internacionales, como el reciente acuerdo logrado entre Israel y Hamas, una mayoría de historiadores coincide en que su gran desafío es frenar a China para evitar que se sitúe como única superpotencia. Y es ahí donde Trump se siente más incómodo, porque la relación con el líder chino Xi Jinping le resulta muy complicada porque no le valen sus dotes de persuasión y presión. Del resultado de la confrontación con China y la resolución de los problemas internos de Estados Unidos dependerá si la era de Trump es decisiva para el resurgimiento estadounidense o, por el contrario, acelera su declive hasta colocar a China como una superpotencia hegemónica con el consiguiente impacto que ello tendría en todo el mundo.
Emilio Sánchez Carlos. Periodista