Amor en el cementerio

Actualizado el 03/11/2025 a las 23:36
Para días de noviembre y Todos los Santos se escribieron historias como la de Jacobo Van Gorcum y Josefina Van Aefferden. Vivimos un tiempo de tolerante modernidad pero en el siglo XIX había normas estrictas que impedían que compartieran panteón como hubiera sido su deseo.
Jacobo era un militar protestante y plebeyo, casado en 1842 con Josefina van Aefferden, una mujer católica y noble. Pertenecían a dos clases en las antípodas. Convivieron 40 años contracorriente, en Roermond (Países Bajos) hasta que en 1880 él falleció y fue enterrado en el cementerio protestante. Ocho años más tarde murió ella. Las leyes impedían que sus restos fueran enterrados juntos pese al vínculo que habían compartido.
Era un mundo en el que los hombres no hablaban con las mujeres, los ricos no se relacionaban con los pobres y el roce de los católicos y los protestantes se limitaba a la discusión sobre sus diferencias. Para acercarse idearon un ingenioso artificio que sorteaba la ley sin vulnerarla. Dispusieron que sus respectivas tumbas fuesen construidas pegadas a cada lado del muro que separaba el cementerio católico del protestante como fijaba la norma. No había otra salida. Los dos yacerían uno pegado al otro separados exclusivamente por la pared que dividía ambos camposantos pero enlazados.
Para confirmar físicamente esa unión mandaron construir una estructura con dos lápidas más altas que el muro de separación del cementerio. Arriba y para rematar la sensación de fusión de la pareja encargaron esculpir dos manos de piedra que desde entonces se estrechan con afecto. Duermen el sueño eterno enlazados por las manos. Exactamente igual a como cuentan sus paisanos que lo hicieron en vida.
Paseando por Berichitos una mujer madura comentaba la circunstancia de que una pareja compuesta por una mujer ferviente católica y un ateo confeso hubieran sido enterrados hace unos días compartiendo nicho. Lo decía con el afecto de quien ha vivido otros tiempos no tan lejanos en los que eso no era posible. La tolerancia proclama el respeto por las creencias del otro aunque sean distintas e incluso contrarias a las propias. Pero hay una tolerancia más allá de los principios generales, la que implica la compasión y la empatía de las situaciones concretas. Ahí, en los casos concretos, reside el reto.