"Por fortuna la escuela se renueva constantemente, aunque no siempre lo haga al ritmo de los tiempos"

Actualizado el 17/10/2025 a las 23:29
En las eternas disputas pedagógicas entre antiguos y modernos, hay siempre un momento estelar del duelo dialéctico en el que saltan al ruedo las listas de los reyes godos. Las sacan, como se puede suponer, los sedicentes modernos. Y lo hacen para mostrar un ejemplo inapelable de aquello que nunca se debe hacer en el aula: torturar a las tiernas criaturas a base de ejercicios de memorización arbitrarios.
No se puede negar que tienen toda la razón. Con la excepción de los niños y niñas pamploneses, que como bien es sabido sufren problemas de sueño a causa del incierto destino de las estatuas reales de vaga inspiración gótica del paseo de Sarasate, a la infancia en general los reyes godos le traen más bien al fresco.
Forzarles a retenerlos en orden cronológico desde Ataúlfo hasta Rodrigo es una insensatez, una pérdida de tiempo y un acto de sadismo no menos atroz que castigarlos a permanecer de rodillas y con los brazos en cruz al fondo del aula durante toda la clase.
Pero acudir a la lista de reyes godos como palanca para negar el valor de la memoria en el aprendizaje es hacer trampa. En primer lugar, porque memoria y memorización no son la misma cosa. Y, sobre todo, porque no queda el menor rastro de la lista de marras fuera de las caricaturas que alimentan el mito de la vieja escuela. No es que nadie enseñe ya a recitarla; es que ni los más veteranos del claustro tuvieron que hacerlo jamás en sus años mozos.
Murió con el pizarrín, los tinteros y el catecismo del padre Astete. Se trata, pues, de eso que los manuales de retórica llaman la falacia del hombre de paja: una distorsión deliberada de los argumentos del contrario con el fin de imponer los propios. Abundan las propuestas educativas dizque de vanguardia cuya única credencial reside en presentarse como la alternativa de modelos y métodos chuscos, tan arcaicos como inexistentes.
Por fortuna la escuela se renueva constantemente, aunque no siempre lo haga al ritmo de los tiempos ni tampoco todos los renovadores tengan presente el consejo de D'Ors de hacer los experimentos con gaseosa. Algo que, por cierto, deberían considerar también los proyectistas de las ciudades antes de emprender reformas a la buena de Dios y sin contar demasiado con los vecinos. Pero esto ya es harina de otro saco.