"El jurado del Nobel -que no es un tribunal universal, sino solo seis académicos tan humanos como cualquiera- ha apostado sobre seguro: por la gran literatura, heredera de los maestros del siglo XX"

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José María Romera

Publicado el 11/10/2025 a las 05:25

Esta vez nadie podrá decir que el Nobel de Literatura ha recaído en un escritor desconocido entre nosotros. Hace años que los lectores en castellano tienen a su alcance lo mejor de la obra de László Krasznahorkai, gracias a las traducciones de Adan Kovacsis para un sello editorial puntero como es Acantilado. 

Pero esa cercanía solo facilita el encuentro físico con sus libros. Otra cosa es el acceso literario. Desde la monumental 'Tango satánico' hasta la poderosa 'El barón Wenckheim vuelve a casa', las novelas y los relatos de Krasznahorkai se alzan como formidables artefactos narrativos erizados de trampas y dificultades. 

No puede decirse que el autor húngaro sea complaciente con el lector. Y lo avisa desde las primeras líneas de una prosa envolvente y arrolladora que avanza sin respiro, sin pausas, en enunciados que con frecuencia superan el millar de palabras y se repliegan sobre sí mismos a lo largo de varias páginas. 

No es la suya, sin embargo, una escritura barroca. A donde apunta es a la oralidad que está en el origen de la narrativa moderna, y que conforme discurre el relato va imponiendo su ley soberana.

Krasznahorkai no trata de entretener navegando por la superficie, ni pretende intervenir en la realidad a través de fábulas aleccionadoras. El pacto que nos propone consiste en dejarnos conducir por la pura narración hasta ensanchar los límites de esa realidad mostrándola en toda su miseria, su belleza, su absurdo y su misterio. 

Al principio las historias se situaban en su tierra natal, en una Hungría profunda y maltrecha poblada de señores y siervos. Luego fue ampliando el territorio a China, Japón, París, Nueva York, sin por ello abandonar la mirada puesta sobre los explotados y los desprotegidos. Maestro de la descripción, Krasznahorkai deslumbra en la pintura de paisajes en los que sabe extraer la belleza de lo sencillo, como en el delicioso 'Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río'. O inquietar con su visión apocalíptica del mundo, como en 'Guerra y guerra'. 

El jurado del Nobel -que no es un tribunal universal, sino solo seis académicos tan humanos como cualquiera- ha apostado sobre seguro: por la gran literatura, heredera de los maestros del siglo XX.

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