"La memoria sectaria de la política necesita santos y, sobre todo, santas súbitas a las que rendir honores retroactivos colocando a sus pies unas flores prefabricadas"

Publicado el 05/10/2025 a las 05:00
En la placita Guardia de Corps, frente al Cuartel del Conde Duque, por donde salía montado a caballo José de Cadalso en dirección al Palacio Real de Madrid, colocaron hace algunos años una escultura en memoria de Clara Campoamor. Lo de escultura es un decir, no es un busto sino una cabeza de menina gigante, al pie de la cual todos los años un grupo deposita con unción una guirnalda tricolor republicana.
Con el tiempo, la bandera floreada se marchita, y mi perro, que es apolítico, aporta su micción marchitante, como lo hace en versión fecal a las puertas del Palacio de Liria.
Los guías turísticos de la Wikipedia explican a los turistas una versión subtitulada de la vida y labor de Clara Campoamor, como si hubiera sido una suerte de Pasionaria. Fue defensora de los derechos de la mujer y, consiguió, no sin poca oposición entre sus propias filas republicanas, el sufragio femenino en 1931.
Olvidan citar a Victoria Kent, que se opuso al voto de la mujer en la creencia de que votarían lo que el marido o el cura les mandaran. Eluden cualquier referencia a la apisonadora política y machista que sus compañeros (y compañeras) del Partido Radical y de todas las formaciones de izquierda pasaron sobre ella por conseguir el derecho al sufragio, pues tres años después el voto de las mujeres había dado el poder a la CEDA.
“La mujer que ha entregado España a la derecha”, tituló algún periódico de la época con fotografía de la culpable. La profecía autocumplida de los partidos de la izquierda republicana (también hubo republicanos de derechas, cabría añadir ya con pereza), Clara Campoamor fue atacada y humillada con furor purgativo.
En 1934 trató de presentarse a las elecciones, pero fue eliminada de las listas electorales. Con la llegada de la guerra, se exilió; primero, a Argentina; finalmente a Suiza, donde murió sola, ciega y empobrecida en 1972. La memoria sectaria de la política necesita santos y, sobre todo, santas súbitas a las que rendir honores retroactivos colocando a sus pies unas flores prefabricadas.