Cartas de los lectores

La adolescencia duele: el sinvivir de una madre

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María Antonia Vargas Truyol

Publicado el 10/09/2025 a las 05:00

Me llama la madre de un adolescente de 16 años. Me cuenta que está en un sinvivir desde hace meses. Mientras describe a su hijo, me parece que siente que se lo han cambiado: “No respeta horarios, fuma y lo niega, sale con amigos que son los peores del instituto, miente y manipula con descaro, en casa está o en la tablet o en el móvil, responde con monosílabos que parecen gruñidos y se queja por todo. Solo sale de los monosílabos para pedir, pedir. Si le dices que ‘no’, o ‘no ahora’, se vuelve agresivo, desafiante. No atiende razones. Se ha vuelto muy egoísta. Antes no era así. Ya no quiere estar con su familia. Parece que nos ha cambiado por su cuadrilla. Todo lo de casa le parece mal. Intenta culpabilizarnos porque invadimos su vida. No sabemos nada de él. Es un extraño al que empezamos a temer. En casa estamos a los gritos desde que está en este plan, si parece que nos detesta”.

Traigo a colación la angustia de esta familia a propósito del Día Mundial de Prevención del Suicidio, que se conmemora hoy, 10 de septiembre. El suicidio es la tercera causa de mortalidad entre los jóvenes de 15 a 29 años. España no escapa a la alarma de este dato.

La adolescencia es una etapa de rupturas y duelos a todo nivel: corporal, familiar, social y emocional. La autoimagen de la infancia salta por los aires entre momentos dramáticos que pueden arrastrar a los adultos responsables hasta el punto de hacerlos reaccionar contra el joven de un modo irracional. Además, la lucha por la reintegración del yo del adolescente se produce por oposición a los valores y tradiciones de los padres, por lo que emergen la actitud de provocación y las conductas prohibidas, incluso autodestructivas, en la búsqueda de una identidad diferenciada.

En su mundo interno, los jóvenes se experimentan solos, incomprendidos, amenazados por las exigencias externas. Desde su búsqueda de adaptación a su nueva realidad oscilan entre la impotencia y la omnipotencia. En esta dinámica, la relación con sus pares es el espacio social donde los jóvenes sienten que están construyendo su mundo. Cabe recordar que las formas graves de la enfermedad mental se originan en la infancia y la adolescencia. Este hecho pone en alerta a todos los profesionales que trabajamos en el área de la salud mental.

Para enfrentar esta dinámica que ponen nuestros adolescentes sobre la mesa de familias y profesionales, se han desarrollado metodologías para intervenir en pro de los jóvenes. Uno de los modos más efectivos de participar en el desarrollo del adolescente es el trabajo grupal. El grupo es el medio que más potencial de cambio tiene entre los jóvenes. En un contexto psicoterapéutico, de seguridad y empatía, los jóvenes aprenden estrategias de relación que posibilitan el diálogo y la diferenciación sin ruptura dramática.

Este aprendizaje también es tarea de los padres. Es frecuente que los padres se pierdan, dado que el conflicto de su adolescente moviliza su propia adolescencia y sus conflictos sin resolver. Por esto, el trabajo psicológico con un adolescente debe incluir a la madre y al padre.

Sin duda, la adolescencia duele: tanto al joven como a los adultos que le acompañan. Ellos vivirán en un mundo que no podemos o no nos atrevemos a imaginar. Como padres y como sociedad, es nuestro deber enfrentar el desafío de averiguar y responder: cómo podemos representar para ellos un espacio de vínculo seguro, receptivo a sus necesidades, y cómo podemos favorecer vínculos en los que puedan reconocerse, coger seguridad y valor para explorar y crear en el mundo en el que a ellos les tocará vivir.

María Antonia Vargas Truyol, psicóloga sanitaria.

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