"Cuando algunos bienintencionados declaran que Cataluña está hoy mucho más tranquila social y políticamente, todo parece ser en realidad una ilusión pasajera que no tardará mucho en desvanecerse"

Publicado el 15/08/2025 a las 05:00
'Tempus fugit' (Virgilio). El tiempo pasa deprisa. Hace un año, en concreto el 8 de agosto de 2024, Carles Puigdemont hacia su numerito en Barcelona, con la connivencia de las autoridades políticas y policiales catalanas, que le permitieron entrar y salir de la Ciudad Condal sin necesidad de ir en maletero alguno. Se defendía entonces la vuelta del líder catalanista fugado como su resurrección política. Sin embargo, nada de ello ha sucedido y, sin embargo, Junts sigue apretando las clavijas al débil presidente Sánchez, que, como todos los narcisos, se arruga ante quien le puede dar un sopapo sonoro. En esas mismas fechas, Salvador Illa, el ministro de Sanidad durante el covid, era investido presidente de la Generalitat catalana. Era la vuelta a la presidencia del Gobierno catalán después de muchos años, en concreto desde los tiempos de Pasqual Maragall.
Entre medias, más de 15 años desperdiciados política y económicamente (desde una perspectiva nacional), con presidentes rupturistas (Artur Mas, 2010-2012 y 2012-2016); independentistas de opereta, como Puigdemont (2017-2018), a quien se le aflojaron las piernas al declarar la independencia catalana por un instante con intervención posterior de la autonomía catalana (articulo 155 de la ConstituciónEspañola); Quim Torra (2018-2020), hombre de paja que terminó siendo condenado por desobediencia judicial; y el nieto de alcalde franquista y padre convergente, Pere Aragonés (Esquerra Republicana de Catalunya, 2021-2022 y 2022-2024), que no pasará a la historia por su personalidad y gravedad política.
Illa llegaba a la presidencia, tal como había planificado Sánchez, con los votos necesarios para ser investido (68 votos a favor y 66 en contra) pero insuficientes para poder gobernar, como lo acredita que de nuevo Cataluña siga sin presupuestos, no recordándose ya cuáles fueron los últimos que se aprobaron. Solo los comunes pueden asistirle, pero Ada Colau, la exalcaldesa de Barcelona, impone desde fuera sus condiciones.
De ahí que sea Sánchez el que le ayude en un 'do ut des', negociando con Junts y Esquerra en el Congreso con medidas como la cesión de Rodalies (ferrocarriles de vía estrecha), condonando más de 30.000 millones de deuda con el Estado a través del Fondo de Liquidez Autonómico (que les facilitó el hoy denostado exministro de Hacienda de Rajoy, Cristóbal Montoro), cesión (inconstitucional) de competencias en emigración, y la perita en dulce de la nueva financiación singular con ribetes de concierto económico, pero sin contrapartidas; esto es, sin cupo cierto ni derecho histórico que puedan invocar.
Todo ello ha podido crear una suerte de “Ilusión Confederal de Illa”, que, lejos de pedir la independedencia, asiste ataviado de la figura de don Tancredo a que el Estado desaparezca de Cataluña y así, gobierne quien gobierne, Cataluña será de facto independiente, en forma de Estado asociado que negocia bilateralmente con el gobierno central —'au dessus de la mêlée' (el resto de autonomías)—, a excepción del País Vasco.
Las últimas manifestaciones políticas del Gobierno de Illa son el nuevo consulado abierto en China en Shanghái (y eso que el consejero del ramo, Jaume Duch, era y seguramente es en política un hombre solvente, fue director general de Comunicación del Parlamento Europeo) y, como ha puesto de manifiesto López Burniol, el próximo test será la desaparición del Regimiento de Infantería de Barcelona número 63 en el cuartel del Bruc en Barcelona, para que el Ejército —como decían los de la alternativa KAS—, quede fuera: “¡Ejército, kanpora!”
En definitiva, cuando algunos bienintencionados declaran que Cataluña está hoy mucho más tranquila social y políticamente, sin las manifestaciones independentistas en las Diadas (11 de septiembre) y con diálogo con el Estado, todo parece ser en realidad una ilusión pasajera que no tardará mucho en desvanecerse, cuando la cruda realidad demuestre que muchas de las promesas son de imposible cumplimiento y que si España quiere seguir siendo un Estado social y democrático de derecho, no puede haber privilegios desaforados como ahora se pretende por los Sánchez e Illa de turno, en una suerte de nuevo pacto renovado del Pardo consistente en proclamar: tú en Cataluña y yo en España.