Trump somete a una frágil Europa
A la UE no le queda más remedio que resignarse por nuestra irremediable debilidad mientras mantengamos la misma dependencia energética, tecnológica y militar ante el poderoso imperio americano

Publicado el 10/08/2025 a las 05:00
Pocas veces un acuerdo comercial entre la Unión Europea y Estados Unidos se ha enfrentado a dos visiones tan opuestas: para la mayoría de las empresas el acuerdo se observa con alivio porque se ha logrado un mal menor, pero para muchos otros el acuerdo constituye la muestra palpable de la inapelable rendición de Europa ante Donald Trump, convertido en un presidente cada vez más bravucón que busca imponer a cualquier precio su visión proteccionista del comercio mundial.
¿Tenía otra alternativa la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, que no fuera plegarse a las amenazas de Trump? Bruselas apostó básicamente por el pragmatismo para evitar una peligrosa confrontación comercial de consecuencias imprevisibles, pero, mientras las empresas observan el acuerdo con resignación varios países como Francia, multitud de políticos y expertos lo consideran una humillación porque se constata la rotunda pérdida de peso de la Unión Europea frente a la fortaleza de Estados Unidos.
Es decir, Europa pinta cada vez menos y estamos totalmente sometidos a las imposiciones de Trump, tanto en cuestiones comerciales como de defensa. Más vale, dicen en Bruselas, una discreta bajada de cabeza porque podría haber sido mucho peor. Y eso es lo que ha hecho Ursula von der Leyen. Un acto de sumisión ante Trump al reconocer que no se puede negociar de tú a tú con un presidente impredecible y egocéntrico.
Ursula von der Leyen ha apostado por pasar página por ahora y evitar males mayores para tratar de llevarse bien con ese personaje engreído que ha elegido democráticamente el electorado de Estados Unidos. Esa es la táctica negociadora de muchos países: procurar dar a Trump su minuto de pleitesía a cambio de evitar que vuele por los aires la estructura de comercio internacional. Ya se negociarán los detalles y cómo se implementan en el inmediato futuro.
En el fondo, los políticos de la UE obedecen, pero no tienen ninguna intención de cumplir a rajatabla lo firmado. Sostienen que aunque el aumento para determinados productos de un 15 por ciento de los aranceles supondrá una pérdida de competitividad, lo esencial es que seguirá abierto el enorme mercado de Estados Unidos sin que se cierre ninguna puerta. Es un hecho que la mayoría de los expertos en comercio internacional consideran que el posicionamiento comercial de Trump no tiene ningún sentido económico y está por ver cuál será en un año el impacto real de toda esta proclama popular de proteccionismo, sobre todo, para la maltrecha economía de la clase media que sigue sin ver el esplendor prometido por Trump.
Más allá de los aranceles, Trump ha arrancado también de la Unión Europea el compromiso de invertir 600.000 millones de dólares en sectores estratégicos de Estados Unidos, además de la compra de medio billón de dólares de productos energéticos como el gas natural. Está en el papel firmado, pero el trecho para el cumplimiento es muy largo. Al reconocer la debilidad europea y el escaso liderazgo político de la propia Úrsula von der Leyen, en Bruselas destacan que la pugna arancelaria puede ser mucho peor para países como México, Canadá, Brasil o India.
Trump, claramente, está ganando la batalla comercial sometiendo a todos los países con unos aranceles excesivos que ponen patas arriba las bases del comercio internacional. A la Unión Europea no le queda, por tanto, más remedio que resignarse por nuestra irremediable debilidad mientras mantengamos la misma dependencia energética, tecnológica y militar ante el poderoso imperio americano y un ostensible vacío de liderazgo político.
Trump seguirá, de esta forma, comportándose con la misma arrogancia con Europa, arrancando más concesiones y dejando a la UE como un simple actor secundario. El único país al que realmente teme Trump es China, y ahí la pelea entre los dos grandes colosos tiene una dimensión totalmente diferente y con un desenlace incierto.
Emilio Sánchez Carlos es periodista.