Opinión
"El Paseo de Sarasate está a punto de desaparecer tal y como lo conocemos sin que nadie nos haya explicado por qué"


Actualizado el 06/08/2025 a las 21:35
El próximo traslado de las estatuas del Paseo Sarasate no es un detalle menor. Aunque pudiera parecerlo desde un despacho o sobre un plano arquitectónico, se trata de una decisión profundamente simbólica. Es una herida —pequeña o grande, eso lo dirá el tiempo— en la piel de una ciudad que ya no siempre se reconoce a sí misma.
Pamplona está a punto de modificar uno de sus espacios más emblemáticos. Y lo hará sin una palabra clara, sin una explicación pública, sin un intento de diálogo real con quienes caminan a diario por ese paseo, quienes crecieron con esas estatuas como parte del paisaje de fondo de su vida. Porque no nos engañemos: las ciudades no se componen solo de edificios y calles, sino de vínculos emocionales invisibles. Una estatua puede ser un punto de referencia, un lugar de encuentro, un fragmento de la infancia, un recuerdo de una conversación, una sombra que protege del sol de agosto o una figura silenciosa que acompaña a quien pasea solo.
El Paseo Sarasate ha sido, durante generaciones, un eje vivo del corazón de Pamplona. Sus estatuas han sido parte de ese latido urbano: silenciosas, firmes, familiares. No es solo arte urbano; es memoria anclada en piedra. Al pasar junto a ellas, uno no se pregunta cada día por su historia, pero su presencia actúa como una certidumbre tranquila. Nos dicen: esto ha estado aquí, esto pertenece a la ciudad, esto te pertenece a ti.
Y sin embargo, la semana que viene desaparecerán de su lugar. Nadie sabe exactamente por qué. El Equipo de Gobierno del Ayuntamiento y el Señor Asiron no han ofrecido razones claras, ni ha generado una participacion pública (esa participación que supuestamente tanto les gusta) mínimamente transparente. ¿Qué motiva este traslado? ¿Es por motivos técnicos, por algún cambio urbanístico inevitable, por decisiones estéticas o simplemente por sus caprichos ideológicos?
El silencio es ensordecedor. Y como tantas veces ocurre, lo que no se explica se convierte en desconfianza. ¿Realmente se puede realizar el traslado de las estatuas según el actual Plan Urbanístico del Casco Antiguo? ¿Ocultan algo?
No se trata de oponerse ciegamente al cambio. Toda ciudad necesita transformarse, adaptarse, respirar. Pero hay una diferencia fundamental entre evolucionar y desarraigar. Las decisiones que afectan al espacio simbólico y emocional de una ciudad no pueden tomarse a espaldas de su gente. No se puede reordenar la memoria colectiva con la frialdad de un informe técnico. No se puede tocar lo que tiene valor afectivo sin tocar también a las personas.
Además, ¿qué mensaje se envía al quitar las estatuas sin una explicación clara? Que la historia no importa. Que lo que hemos compartido como ciudad puede moverse como un banco del mobiliario urbano. Que no es necesario rendir cuentas a quienes dan vida a esos espacios. Y eso, más que una falta de sensibilidad, es una falta de respeto y una imposición.
A muchos nos costará volver a caminar por Sarasate sin sentir un vacío difícil de nombrar. No será solo una cuestión visual. Será algo más hondo: la sensación de que alguien ha borrado, sin consultarnos, parte de nuestro mapa interior. Un banco puede sustituirse. Un árbol puede plantarse de nuevo. Pero los símbolos que crecen en la memoria colectiva no se reubican sin dejar cicatriz.
¿Cómo se mide lo que se pierde cuando se pierde un lugar tal como lo recordábamos? ¿Dónde queda el primer beso junto a una estatua? ¿O la fotografía que alguien tomó frente a ella un día de San Fermín? ¿Dónde queda la costumbre de pararse ahí, bajo la mirada de una figura silenciosa, mientras cae la tarde?
Algunos argumentarán que el futuro exige renovación, que no hay que aferrarse al pasado. Pero la memoria no es un lastre: es una raíz. Y arrancar lo que da sentido no es avanzar, es desdibujar.
El Paseo Sarasate, tal y como lo conocemos, está a punto de desaparecer. Y lo hace sin que nadie nos haya explicado por qué. ¿No merecíamos, al menos, esa explicación? ¿No merecen esas estatuas —y lo que representan— una defensa?
Todavía hay tiempo. Tiempo para detenerse. Para explicar. Para escuchar. Para hacer ciudad, no desde el poder y el abuso, sino desde el respeto mutuo. Porque una ciudad no se construye con cemento y planos, sino con memoria, con vínculos, con afectos. Con la certeza de que los lugares nos pertenecen tanto como nosotros les pertenecemos a ellos.
Raúl Armendáriz Lezaun Concejal de Unión del Pueblo Navarro del Ayuntamiento de Pamplona