"No busque usted ferreterías. A quién se le ocurre. La revolución es la del cuidado. Para sentirse bien, hay que renovar el aspecto"

Actualizado el 23/06/2025 a las 23:50
Bajo un edificio recién levantado un cartel anuncia la apertura de un gimnasio. Sorprende que llegue antes de que lo hagan los residentes. No era infrecuente ver el primer ultramarinos poco después de que se estrenaran vecinos. Choca pensar que las mancuernas, la cinta de correr y los aparatos de musculación van a estar ahí abajo, a nada del ascensor de casa mientras que para comprar huevos o medio kilo de anchoas habrá que coger el coche. Los nuevos tiempos son así. Priorizan la experiencia del bienestar. Pronto será un ejercicio de nostalgia para contar a los nietos recordar cómo comprábamos en la tienda del barrio porque tenía buen producto o sencillamente porque la dependienta o el droguero formaban parte de nuestra red de afectos. Entrábamos en la mercería a por hilo y conversación. O compartíamos con el farmacéutico los problemas de nuestros hijos y los suyos. Si le gustaba esta manera de relacionarse tenga fe. Todavía quedan opciones. El nuevo tiempo fomenta la conexión virtual, las compras por internet, pero también que surja un entorno repleto de locales otrora impensables.
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Mire bajo su casa. Cierran las carnicerías y pescaderías pero la llamada del cuidado personal, las peluquerías, manicuras, consultas de ‘fisios’, quiromasajistas, locales donde se hacen tatuajes y clínicas de nutricionistas están transformando el ambiente. No busque usted ferreterías. A quién se le ocurre. La revolución es la del cuidado. Para sentirse bien, hay que renovar el aspecto. El pelo cortado en cuanto crece unos milímetros, las uñas pulidas, barriga de gimnasio tres veces por semana, saque pecho meta tripa, mucho masajista, podólogo y terapeuta. En sus locales bulle la actividad y la vida de relaciones que hubo en el comercio tradicional. Si antes preguntabas por las vacaciones al frutero ahora puedes charlar de lo mismo con el monitor de pilates, discutir de fútbol en la ‘tatoo shop’ o hablar del tiempo con el peluquero. Aprovisionarse ya no merece locales salvo que sean restaurantes, bares o grandes supermercados. Lo importante es adaptarse. No hay ‘superpoder’ más agradecido. Levantar mancuernas, hacer sentadillas tuteladas por un experto y sonreír. Mírese al espejo y descubra sus dientes un poquito más blancos. El tratamiento del dentista del barrio funciona. ¡Eureka!