"La conversación política se alimenta del insulto, una enfermedad de transmisión textual contagiosa que se aprovisiona de material en la diferencia y el odio"

Actualizado el 17/06/2025 a las 00:09
Una conversación amable tiene armonía. También el lenguaje de un texto construido con una sucesión de vocablos meticulosamente elegidos. El autor mima las palabras y con ese esmero teje una historia que respalda o critica o simplemente atrapa y desencadena una atracción textual que pide más. La acción de hablar puede estimular idénticos efectos en quien escucha. Hay algo hermoso en el ejercicio de comunicar. Hay un vínculo que relaciona a quien ha escrito y a quien lee el texto, a quien expone y a quien lo escucha, incluso a quien discrepa y se distancia del análisis. Es un hilo racional, ponderado, en ocasiones emocional... Propone un acuerdo, un proyecto, una historia, un argumentario, un punto de vista. Ojalá.
El uso del lenguaje en el debate político se vale hoy de recursos que parecen en las antípodas de estos mecanismos. El lenguaje, las palabras, los textos no son una oportunidad para el pensamiento ni ofrecen posibilidades de dirimir o descubrir algo nuevo. La conversación política se alimenta del insulto, una enfermedad de transmisión textual contagiosa que se aprovisiona de material en la diferencia y el odio. Debatir en el ámbito público no es intercambiar ideas. Disentir y explicar las razones fue siempre una forma tolerante de implicarse en el debate. Nada más alejado hoy de ese propósito. La discusión política es un fuego cruzado, un juego bélico que convierte las cuerdas vocales en metralletas para destruir al otro.
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No se persigue la comunicación ni la propuesta sino desprecio, el pisoteo incluso del adversario. Ahorro reproducir frases ni debates que se valen de ese uso devorador, corrosivo, infrahumano que leo y escucho sencillamente porque quienes os acercáis a este texto conocéis esa manera de argumentación. Me niego a dar más oportunidades al menosprecio del otro. Lo peor es que esa buscada forma de expresarse contagia el pensamiento de los ciudadanos. De quienes aplauden y de quienes critican. En el coche, en la calle, en el bar descubro a personas a quienes parece haberse incrustado en el cerebro una forma de discutir radical, excluyente, ofensiva y peligrosamente desestabilizante para los demás, sí, pero también para la propia serenidad. Por algo la salud mental es la enfermedad de nuestro tiempo.