El becario de la escoba

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Jose Murugarren

Actualizado el 19/05/2025 a las 23:40

De becario disfrutaba haciendo reportajes de verano. ¿Cómo te gusta ir por las piscinas averiguando cuáles son las novedades de la temporada, si hay menú en el bar o ha subido el precio de la entrada? Eso preguntaba su compañero Félix, que estrenó con él mediada la carrera las prácticas en un periódico perdido por Castilla la Mancha cuando todavía se llamaba la Nueva. Compartieron tres meses en un piso al que solo entraban para dormir al final de la jornada. Combinaban trabajo, lecturas y parranda, y el equilibrio entre las tres apenas dejaba hueco para la limpieza del chamizo que ocupaban. 

La primera semana le anunció que no se preocupara de barrer y fregar, que él lo asumiría y esa disposición se transformó en periódica obligación a la vista de que a Félix lo de pasar la fregona no le motivaba un pelo de su juvenil barbita. El primer día y el segundo aquello le pareció un coñazo pero mediada la segunda semana descubrió que mientras pasaba el mocho se le venían a la cabeza ideas para la sección de local o el suplemento de verano que ofrecería después a la redactora jefa del diario.

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-¡Pedazo de idea!, concedió generoso Félix en varias ocasiones. Y es que cuando el chaval de la escoba por llamarlo así hacía las propuestas la jefa las celebraba. Barrer y fregar alimentaban un estado de concentración que propició una creatividad desconocida. Félix rara vez pasaba la escoba y buscaba razones para delegar en su compañero. “Ni esto ni el periódico son los trabajos de mis sueños”, decía. Aquella desidia terminó por distanciar a su compañero. A él, asumir tareas lo transformaba. Publicó un buen número de piezas periodísticas interesantes. Le asignaban entrevistas, reportajes de calado y Félix, convertido en reportero de fiestas de los pueblos, empezó a sentirse incómodo.

-No entiendo que te apasione barrer ni que la jefa haga un reparto tan desigual de las informaciones, le dijo un día...

No hubo respuesta. Félix lo miró como quien mira a una iguana. Por alguna razón su compañero disfrutaba al hacer sencillamente lo que tenía que hacer. “Nos ocurre a muchos”, se dijo para sentirse normal. A Félix, no. Lo pienso mientras escribo este final de texto y descubro a mi lado la fregona repleta de agua y jabón que ha inspirado la columna.

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