Sánchez, y un relato de buenos y malos

Publicado el 08/05/2025 a las 05:00
Las casi siete horas de debate que escenificó ayer el Congreso a raíz de la comparecencia del presidente del Gobierno para dar cuenta de lo previsto -el plan por el que se reasignarán 10.471 millones de euros para destinar este mismo año el 2% del PIB al gasto militar como venía exigiendo la OTAN- y de lo sobrevenido -el histórico apagón del 28 de abril- evidenció, por una parte, la inexistencia de una alianza sólida de país para afrontar retos compartidos por el conjunto de la ciudadanía. Y, por otra, la precariedad de un Ejecutivo con fractura interna en una cuestión de Estado como el refuerzo de la dotación en defensa y seguridad ante un amenazante contexto exterior, aunque Sumar evitara incidir más de lo imprescindible en su disonancia.
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Con una mayoría de investidura que en cada sesión plenaria se deja un jirón más: mientras los aliados de izquierdas exhibían su rechazo al rearme y los nacionalistas reclamaban más soberanía energética, Podemos sumó a su despectivo calificativo de Sánchez como “señor de la guerra” el más inesperado de “bochornoso” para la ausencia aún de una explicación oficial al colapso eléctrico. Y con un cuestionamiento, ahora, de la eficacia en su planificación, actuación y reacción en algo tan sensible para el Ejecutivo “de progreso” como la prestación de los servicios públicos. El hecho de que el presidente consumiera tres horas en la tribuna de oradores sin poder o querer aclarar tan siquiera hacia dónde apunta la investigación sobre el insólito desplome de la luz lo enroca no ante la oposición, sino ante una ciudadanía que requiere explicaciones.
La gravedad del incidente de hace diez días habría hecho razonable la petición de “tiempo” por parte del jefe del Ejecutivo de no ser porque fue él mismo quien mantuvo viva la hipótesis del ciberataque y quien giró la mirada hacia “las operadoras privadas”, tendiendo una sombra de sospecha sobre ellas que desviaba el foco de Red Eléctrica, con participación mayoritaria del Estado. Un señalamiento que hizo extensivo en el Congreso al “lobby nuclear” y sus gestores “ultrarricos”, agudizando, en vez de contrarrestarla, la impresión de un líder a la defensiva y lastrado por los prejuicios ideológicos que atribuye a la oposición.