Pantallas en las aulas: buscando el equilibrio

Publicado el 28/04/2025 a las 05:00
La reciente decisión de la Comunidad de Madrid de regular el uso de dispositivos digitales en las etapas de Infantil y Primaria ha reabierto un debate crucial en nuestra sociedad: ¿cuál es el papel de las pantallas en la educación de nuestros hijos? La medida, que busca limitar la exposición individual a pantallas en favor de un uso más supervisado y con fines pedagógicos específicos, plantea interrogantes importantes sobre cómo debemos integrar la tecnología en el aula sin comprometer el desarrollo integral de los más jóvenes.
Es innegable la preocupación, respaldada por pediatras y expertos, sobre los efectos negativos de un uso descontrolado de las pantallas, especialmente en edades tempranas. Las advertencias sobre su impacto en el desarrollo cognitivo, la salud visual, los patrones de sueño y la salud mental son cada vez más contundentes. La propuesta de la Asociación Española de Pediatría de limitar el tiempo de pantalla diario y retrasar la adquisición del primer teléfono móvil inteligente pone de relieve la necesidad de proteger a nuestros niños.
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Sin embargo, la cuestión no es tan simple como “pantallas sí” o “pantallas no”. En un mundo cada vez más digitalizado, negar a nuestros alumnos el acceso y la familiarización con estas herramientas sería un error estratégico. La competencia digital es ya una habilidad fundamental, transversal a todas las áreas del conocimiento y esencial para su futuro personal y profesional. El currículo educativo actual reconoce esta realidad y exige su desarrollo. La clave, como a menudo sucede, reside en el equilibrio y en un enfoque basado en la evidencia científica. Si bien la lectura en papel sigue demostrando beneficios significativos para la comprensión profunda y la memoria, los dispositivos digitales ofrecen oportunidades únicas para la personalización del aprendizaje, el aumento de la motivación y el desarrollo de habilidades tecnológicas específicas. Una revisión sistemática de estudios lo confirma: la convivencia estratégica de ambos formatos es lo que produce el efecto óptimo en el aprendizaje. Por lo tanto, la prohibición total podría ser tan contraproducente como un uso indiscriminado. En lugar de demonizar las pantallas, deberíamos centrarnos en cómo integrarlas de manera inteligente y con objetivos pedagógicos claros. En las etapas de Infantil y los primeros cursos de Primaria, donde el desarrollo de habilidades fundamentales como la lectoescritura y la interacción social directa son primordiales, una restricción del uso individual parece sensata. El uso compartido y supervisado, con una finalidad educativa específica y limitaciones horarias, podría ser un enfoque más adecuado.
Para los últimos cursos de Primaria y la Educación Secundaria, la estrategia podría evolucionar. Dotar a los centros de dispositivos propios para su uso en momentos puntuales y con objetivos definidos permitiría a los alumnos familiarizarse con estas herramientas bajo la guía de sus profesores, sin la necesidad de recurrir a dispositivos personales fuera del horario escolar. Evitar la asignación de tareas que requieran el uso de pantallas en casa también contribuiría a un uso más equilibrado. En última instancia, la responsabilidad no recae solo en las administraciones educativas y los centros escolares. Las familias juegan un papel fundamental en la educación digital de sus hijos. Retrasar la adquisición del primer teléfono móvil, establecer límites de tiempo de uso y supervisar los contenidos a los que acceden son medidas cruciales para mitigar los riesgos y fomentar un uso responsable y consciente de la tecnología. En definitiva, la reflexión sobre las pantallas en el aula debe trascender la polarización. Necesitamos un debate sereno y basado en la evidencia, que nos permita encontrar un modelo educativo que prepare a nuestros jóvenes para el futuro digital sin sacrificar su bienestar y desarrollo integral. Un equilibrio sensato entre lo tradicional y lo tecnológico, guiado por la ciencia y el sentido común, es el camino a seguir.
Fernando García Fernández. Profesor, conferenciante y escritor