"¿Lo imaginas? Poder convertir los puntos y aparte en el texto principal. ¿Y si solo dependiera de ti?"

Actualizado el 14/04/2025 a las 23:45
Hay locales en Pamplona que reúnen a la gente bailando. ¿Y a mí qué?, podrías decir preocupado como estás con los aranceles y la bolsa. Y clubes de lectura que disfrutan compartiendo a sus autores favoritos. Te propongo un punto y aparte. Un respiro en la vorágine. Que olvides a Trump, que le quites el foco con el que absorbe protagonismo como una esponja, y que la única guerra sea a sus malos modos. En gramática el punto y aparte separa dos párrafos. En la vida puede ser el café que divide la jornada de trabajo, una siesta que hace más liviana la tarde.
Da gusto ver bailar a esta gente de 40, 50 y 60 liberada del peso que les hizo creer que hacerlo era negociado veinteañero. Si la vida es un texto largo, el ocio es un punto y aparte. Para bailar por ejemplo. Hablo del placer de desplazarse por la pista al ritmo de la música. De asumir entre dos un camino armónico que es compartido, pero pudo haber sido dibujado con los pies de otra manera. Un punto y aparte dura el tiempo de la canción. O el del goce de un libro entre las manos. Un punto y aparte es escuchar el análisis que un grupo de alumnos comparte de uno de mis libros en Jesuitas por ejemplo. Los puntos y aparte son una gota de agua en el mar. Felices pero breves.
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El tiempo que dura un café con pincho. Fin de párrafo y otra vez al texto principal. Y entonces te preguntas si es posible dar la vuelta a todo, si la siesta no podría ser mayor, el baile más largo, que la trama del libro transcurra más lenta o que yo pueda volver a los Jesuitas a escuchar a estos estudiantes. “Conviertes lo cercano en extraordinario”, me dijo una jovencísima lectora. Me puse colorado por dentro con semejante reconocimiento. Y no supe responder. ¡Ojalá!, me digo ahora. No se me ocurre mejor ‘superpoder’ para dar la vuelta a la tortilla. ¿Lo imaginas? Poder convertir los puntos y aparte en el texto principal. ¿Y si solo dependiera de ti?