"Los encuentros entre dueños de perros se parecen demasiado a las conversaciones de los padres junto a las zonas de juegos infantiles"

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Juan Gracia Armendáriz

Actualizado el 01/03/2025 a las 23:11

Dicen que si paseas a un perro, ligas, pero el que liga no es el dueño sino el perro. Un amigo me comentaba que la gente era muy amable en Inglaterra porque le saludaba por la calle mientras paseaba a su galgo. Hasta que cayó en la cuenta que el saludado no era él sino, efectivamente, el perro. 

El otro día se me acercó una chica muy mona y me dijo que estaba “valorando” tener uno. “Pero quiero un perro que pueda llevar en el bolso no quiero que vaya como el tuyo, por el suelo”. En lugar de responderle: “Mejor, cómprate un pez”, me compadecí por un perro que llevaría la vida de una barra de pintalabios. Los encuentros entre dueños de perros se parecen demasiado a las conversaciones de los padres junto a las zonas de juegos infantiles. Ya saben: cacas, pises, catarros, diarreas… En las ciudades ya hay más perros que niños o palomas. Descartes comparaba a los animales con las máquinas pero los dueños primerizos comprueban que ladran, te destrozan el sofá, necesitan pasear y, además, enferman. 

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Los grandes beneficiados de esta vida emperrada son algunos veterinarios, que ya cobran como los dentistas. El otro día, mi perro me deparó un encuentro asombroso. Se le acercó un anciano alto, con rostro gongorino: moreno, enjuto, aguileño. Se ayudaba de unos bastones de senderismo. Conversamos. Había sido doctor en Humanidades por la Universidad de Valencia, impartió clases en Nueva York y en Alaska. “Me doctoré con una tesis dedicada a Miguel de Molinos”, explicó. Mi memoria selectiva vino en mi ayuda y me recordó una cita del místico aragonés del siglo XVII: “Ahora habrás de preparar tu corazón a la manera de un blanco papel.” Creí que se sorprendería, pero el sabio no se inmutó. Caminamos un rato juntos, charlando sobre los místicos españoles hasta que llegamos a una esquina. Señaló un edificio color galleta. “Vivo allí, en las Hermanitas de los Desamparados.” En sus palabras no había rastro de pesar. Nos dimos la mano, acarició al perro y se alejó en silencio.

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