La Txantrea tenía playa

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Jose Murugarren

Actualizado el 24/02/2025 a las 23:21

Alberto y yo lo inventamos. Él, jefe de cuadrilla y yo, capitán del equipo. Dos mocosos conjurados contra el tedio que las circunstancias convirtieron en animadores de grupo. Un día proponíamos atravesar con la bici la campa de Irubide camino de las Josefinas y otro deslizarnos como si fuera un tobogán por el tejado de la iglesia de Santiago en construcción. En aquel tiempo de austeridad obligada no había extraescolares con clases de piano, alemán o natación con aletas y los críos de la calle Los Arcos, a falta de canchas de pádel, hacíamos piña con los de Lacunza para jugar a fútbol sábado sí, sábado no... La Txantrea era un sueño en construcción con patios entre casas y pistas donde disputábamos carreras con patines antediluvianos. Pegado a la ciudad y pueblo al mismo tiempo. Con más calles a medio asfaltar que terminadas, con baches que purgaban una eternidad antes de que fueran rellenados y viviendas pequeñas porque entonces las familias eran numerosas. 

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Ni los padres de Alberto ni los míos construyeron sus casas como hicieron los pioneros. Las compraron finiquitadas. Eso pudo abonar aquel impulso de verano de levantar cabañas con restos de madera de la vieja serrería situada enfrente de María Ana Sanz. Al abrigo de flamantes chamizos jugábamos a las cartas, trenzábamos historias para no dormir y rogábamos lluvia al cielo para comprobar que nuestro refugio aventurero podía guarecernos. Ni la madre de Alberto ni la mía entendieron semejante empeño emprendedor cuando alguna vecina se quejaba. En el barrio todo se hablaba. Se conocían los padres y los hijos y si pergeñábamos planes en la plaza de Puente la Reina había una tácita disposición a que quien quisiera se apuntara. Éramos un poco gimnasio y un poco civivox. En verano pergeñábamos plan por la mañana. “Hoy cogemos la bici. Nos vamos a las piscinas de San Pedro”. Y allá pedaleábamos, 5, 6, 7 ú 8 criaturas con bañador y bocadillo acompañados de un mayor por Irubide, el puente de la Magdalena y la calle Vergel. Sumergirse en el agua era un acontecimiento. Una piscina modesta puede ser Hawai porque la belleza está siempre en los ojos de quien mira. La piscina, lo recuerdo bien, era Hawai y el suelo donde nos tumbábamos al sol de agosto la playa de Waikiki. La Txantrea tenía playa.

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