"La mujer recibe la respuesta del contestador automático como una bofetada. Se encuentra tan mal que por un momento piensa que va a morir"

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Jose Murugarren

Actualizado el 17/02/2025 a las 22:56

Cuando una mujer con fiebre, dolor muscular y migraña llama a su centro de salud para pedir hora nadie responde al otro lado. Coge un pañuelo, se suena los mocos y tose y mientras lo hace escucha el largo ‘riiiiinnng’ de su teléfono. En el rato que dura la espera le llegan recuerdos de otro tiempo. Antes la sanidad pública gozaba de buena prensa. 

En el ambulatorio siempre había quien atendía rápido y ofrecía citas con una inmediatez hoy sorprendente. Lo piensa mientras el teléfono le descorazona la paciencia: ¿Cogerán?, se pregunta la mujer nerviosa como si temiera que algo malo ocurriera. Espera sentada con el móvil en una mano y el periódico en la otra. 

“El deterioro de los servicios de salud se ha convertido en la queja más compartida” dice un titular que no ayuda a calmarla. Tiene la sensación de que le cuesta respirar. ‘Riiing, riiiing’, insiste el teléfono. Se le agita el malestar. “Nada bueno puede ocurrir”, teme. “No me van a dar cita hasta dentro de una semana”. Es pura sugestión. 

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Para relajarse estira primero un brazo y luego el otro sin dejar de oír el ‘riiing’ del teléfono. El miedo en su pecho es una bola que empuja al diafragma aumentando la sensación de ansiedad. “No va a pasar nada, no va a pasar nada…”, se repite. “Simplemente tardan en coger”. 

Da un sorbo al café para suavizar la angustia, apoya el móvil en la mesa y sumerge la tostada en la taza. Tose y sufre. Pura lucha entre gripe y desasosiego. Despliega la mirada y lee: “Las mujeres navarras toman el doble de ansiolíticos que los hombres”. Cierra el periódico. 

Carraspea buscando preparar una voz clara con la que enfrentar el teléfono. Alguien descuelga. “¡Centro de salud. Todos nuestros teléfonos están ocupados. Si se trata de una urgencia vital marque 1. Manténgase a la espera o si lo prefiere pulse 8 y le llamaremos lo antes posible”. 

La mujer recibe la respuesta del contestador automático como una bofetada. Se encuentra tan mal que por un momento piensa que va a morir. A punto de pulsar el 1 experimenta un infarto de sentido común y le da al 8. Se toma un orfidal y un ibuprofeno y se echa en la cama con el móvil sobre el regazo…, a esperar.

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