"En la escena final, el espectador no sabe si tragar saliva o romper a aplaudir. Quizá ambas cosas. No podía ser de otra manera"

Publicado el 09/02/2025 a las 05:00
Un hombre camina solo por un desierto inclemente. Lleva una gorra roja, viste traje y corbata raídos, calza unos guaraches mexicanos. Su rostro cubierto por una barba rala es anguloso, tiene mirada de alucinado. Se detiene y bebe las últimas gotas de agua de una garrafa. Continúa su camino con empecinamiento de sonámbulo. Lo rodea un paisaje de wéstern.
Escuchamos sus pasos por el pedregal, el silbido de un ave y las notas de la maravillosa guitarra de Ry Cooder. Los primeros minutos de 'Paris, Texas' se clavan en la retina del espectador para siempre, tanto como la impresionante banda sonora que nos llevan a un terreno de resonancias agudas y profundas: pura soledad.
Hace cuarenta años que se estrenó esta joya a la que muchos hemos sido fieles desde la primera vez que la vimos en la pantalla. Es una de las mejores películas americanas y la filmó un alemán, Wim Wenders, apoyado en el guion extraordinario de Sam Shepard, el narrador que mejor ha sabido retratar un espacio de moteles de carretera, gasolineras polvorientas y gente a la deriva.
Travis, el nombre del personaje, queda en la memoria personificado por el rostro desolado de Harry Dean Stanton. Al igual que el rostro de Nastassaja Kinski -hija del actor loco-. Nunca estaría más bella y convincente que en la escena del encuentro entre ambos en un 'peep-show' de Houston, durante un memorable intercambio de monólogos a través de un cristal opaco.
La película es un viaje de redención, una historia de amor que Wim Wenders consigue cerrar con una sabiduría narrativa que es fruto de la madurez vital y la coherencia con las premisas de la historia. En la escena final, el espectador no sabe si tragar saliva o romper a aplaudir. Quizá ambas cosas. No podía ser de otra manera.
Wim Wenders ganó la Palma de Oro del Festival de Cannes. Según confesaría, pasó tres años de parálisis creativa. No es para menos. Había filmado un clásico, una obra de arte que parece hecha antes de ayer. Como si fuéramos cuarenta años más jóvenes.