“No al TAV” ha pintado una mano que lleva haciéndolo décadas y que se va saliendo con la suya

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Pedro Charro

Actualizado el 02/02/2025 a las 22:49

No al TAV, leí sobre un muro de la autopista a Tudela, con pintada reciente, rotunda, como si fuera una airada respuesta a la denuncia de que estamos quedándonos atrás, de que estamos, nunca mejor dicho, perdiendo el tren. Hace 30 años el TAV llegó a Zaragoza, se ha recordado estos días, y no hemos sido capaces en todo este tiempo de que llegara hasta Tudela, abriendo una comunicación digna y rápida a Madrid, y ahora acabamos de conocer la posición del gobierno de no hacer allí una nueva estación fuera del centro, ni de aumentar el tráfico, y seguir mareando la perdiz. “No al TAV” ha pintado una mano que lleva haciéndolo décadas y que se va saliendo con la suya: no al TAV, no a la autovía, no a Itoiz, no al parking, no a tocar un árbol, no a nada y a todo. 

Seguro que hay proyectos que merecen una reconsideración, seguro que hay muchas cosas que preservar, pero es imposible un debate sereno con el que se opone por principio, por interés político, por cerrazón ideológica, con quien no quiere oir. Todo esto tiene algo de miedo a la corriente del mundo, del viejo carlismo atemorizado y beligerante, y de ponérselo difícil al que quiera venir. Es el viejo debate de los tiempos de Huarte, cuando Navarra se industrializó pese a las resistencias y el miedo de un mundo tradicional y agrario a perder sus esencias. 

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No al TAV, vuelve a leerse, y nadie del poder sale a decir sí. Todos son brindis al sol, vaivenes, Y griegas, vías muertas y el correr de los años. A este paso terminaremos en el furgón de cola y seremos parte -qué paradoja- de esa España interior, mal comunicada, sin pulso, de la que muchos huirán y otros no querrán venir. Recuerdo aquel ciclista asturiano apodado Pepón que se hizo célebre hace poco por hacer en bici el trayecto entre Ribadeo y Gijón, 150 km, en 90 minutos menos que si hubiera ido en tren. Había ido a Gijón a ver a su novia, dijo, y como hacía buen tiempo y vio que el tren tardaba 6 horas, una barbaridad, prefirió volver también en bici. No al TAV, viva Pepón, deberían anunciar en las paredes.

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