"Cuando tú y yo nos enfadamos callo las barbaridades que se me pueden pasar por la cabeza"

Actualizado el 06/01/2025 a las 22:42
Hay que ser sincero y decir lo que se piensa, afirma ella y levanta su taza de café como si propusiera un brindis para el nuevo año. “No siempre”, rebate un hombre que parece su pareja. “Soltar qué opinas del otro es un ejercicio de honestidad que honra a quien lo practica”, insiste la mujer con la taza humeante tratando de persuadir a quien llamaremos presunto marido ya que, aquí, en la mesa de la cafetería, no dispongo de más datos que los que me proporciona la vista por encima del diario y la oreja pegada a su mesa.
-Si ser franco implica hacer juicios negativos del otro creo que es contraproducente para la relación, corrobora él.
Me gusta leer el periódico en la cafetería porque a la lectura añado la escucha. Me entusiasma la combinación. La realidad es una cuestión de percepción. Esto no lo dice la pareja. Lo pienso yo y doy un sorbo al café. Me sabe a la sinceridad de una infusión aromática. Pero respeto a quien prefiera el colacao. El lunes, me digo, puede ser un premio o un castigo; el trabajo, el cielo o el infierno y un plato de calamares un manjar o un bicho que provoca arcadas según el comensal que lo ingiera.
- Mira, sabes que a mi hermana la llamé egoísta por su bien.
- Lo siento pero no mereció la pena, responde el presunto esposo, porque tu sinceridad provocó un enfrentamiento, os distanció y estropeó la comida a los demás.
-¿Qué dices?
- Si calificas a alguien lo haces desde el convencimiento de que tú eres el bueno y es el otro el que actúa mal. Cuando tú y yo nos enfadamos callo las barbaridades que se me pueden pasar por la cabeza.
-¿No eres sincero? Si no actúas como piensas, vas a terminar pensando como actúas, replica ella.
- Valoro más el afecto, la amabilidad…, están por encima. No necesito la sinceridad desgarrada, lo mío es la calma conquistada. Me sirve más esta paz.
-¿Sabes qué pienso? Que tu franqueza me molesta. Perturba mi calma, dice ella.
- No hay que expresar todo lo que se piensa… Puede hacer daño, afirma él.
-Hiere más saber que callas. Sostienes que no hay que decir todo lo que piensas del otro y al hacerlo estás siendo totalmente sincero. Estás cayendo en la franqueza hiriente que querías evitar. Pura contradicción, remata la mujer.
-Mejor me callo, dice el hombre y no sé si lo arreglo o lo complico.