Los retos que trae un año cuesta arriba

"Este 2025 nos interpela a impedir que la sinrazón siga apoderándose de más espacio en las relaciones internacionales y en la convivencia en que se fundamenta cada país, incluido el nuestro"

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Editorial DN

Publicado el 02/01/2025 a las 05:00

El recién cerrado año 2024 ha confirmado que el mundo que padeció dos recesiones consecutivas a partir de 2008, y que conoció la crisis generada por la covid-19, se adentró con la guerra contra Ucrania desatada por la autocracia de Putin en un nuevo período de incertidumbre que no sólo desata conflictos regionales de alcance global -como en Oriente Medio-, sino que amenaza a las democracias. Los desafíos que se han ido acumulando a lo largo del año que hemos dejado atrás emplazan a la humanidad entera, y especialmente a las sociedades que vivimos en libertad y de manera próspera, a reaccionar con decisión y acierto al gran reto que nos presenta este recién estrenado 2025. Impedir que la sinrazón siga apoderándose de más espacio en las relaciones internacionales y en la convivencia en que se fundamenta cada país, incluido el nuestro. No es un empeño utópico, pero es imprescindible hacer guardia permanentemente por la sensatez. 2024 se ha cerrado con episodios como el derribo de un avión de Azerbaiyán o el anuncio por parte de Abu Mohamed al Jolani, de que, tras derrocar el régimen de Bashar el Asad, las elecciones tendrán lugar probablemente dentro de cuatro años en Siria. 

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Aunque, por proximidad, resulte más descorazonador comprobar que ni 10.000 inmigrantes muertos este pasado año tratando de arribar a las costas españolas dan lugar al encuentro entre partidos y entre instituciones, evidenciando que el asilo y la acogida de extranjeros es una cuestión más propicia a la liza partidaria en los países europeos que un asunto que concite la búsqueda de soluciones en común. Del mismo modo que las cuitas partidarias impiden que España haga frente a la emergencia climática valiéndose de un testimonio directo como el de la dana en Valencia. 

Al inicio del siglo XXI, las democracias creyeron o simularon poder vencer al fundamentalismo mediante la extensión del Estado de derecho como respuesta al 11-S. Un cuarto de siglo después, las democracias parecen contraerse, tanto por el auge sin complejos de las autocracias como por la presencia de los extremismos en su seno.

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