Dignidad, vergüenza y justicia

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Javier Blázquez

Actualizado el 12/12/2024 a las 23:52

En los próximos días se conocerá el resultado del juicio contra Dominique Pelicot y cincuenta hombres acusados de violar a una mujer inconsciente en la cama de su dormitorio durante diez años. Mujer que, por su edad, septuagenaria, podría ser la madre de algunos de sus agresores. 

D. Pelicot, que presumía de ser buen marido y excelente padre de familia, no tuvo dificultad para encontrar, a través de internet, a hombres dispuestos a participar en las violaciones de su esposa. Varones de edades comprendidas entre los 24 y 73 años, con profesiones diversas, vecinos, conocidos, provenientes de todos los oficios y clases sociales. Hombres que contaban con biografías habituales y que rompen el mito de que la mayoría de los violadores son seres monstruosos o inadaptados socialmente. 

D. Pelicot ha reconocido que durante una década violó y ofreció el cuerpo de su mujer a más de medio centenar de desconocidos para que la agredieran sexualmente en el domicilio familiar, mientras él asistía y se recreaba haciendo fotos y vídeos, tras haber administrado a su mujer ansiolíticos para provocarle sumisión química. 

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Es posible que ninguno de ellos conociera las palabras de la pensadora alemana Hannah Arendt cuando afirmaba “La muerte de la empatía humana es uno de los primeros y más reveladores signos de una cultura a punto de caer en la barbarie”. 

A pesar de todo, a lo largo del macroproceso judicial, la víctima de las violaciones, Gisèle Pelicot que conoció a su marido a los 18 años, ha sido capaz de adoptar una actitud firme, serena, así como de poner en el lugar que le corresponde tanto al sentimiento de vergüenza, que podría haberle deprimido o paralizado, como al principio de dignidad. 

Ya que, según ha podido comprobarse en el juicio celebrado en Aviñón, aunque el oprobio y la vergüenza pueden pasar al otro lado, transitar desde la víctima a los victimarios o agresores, no sucede así con el dolor y la humillación padecidos. Con la integridad moral tampoco.

A veces la humillación, tal y como defiende el poeta norteamericano Wayne Koestenbaum, viene a ser una especie de horno a través del cual pasa el alma humana para salir de él barnizada y endurecida. Fortalecida. Es el caso de Gisèle Pelicot, la mujer francesa de 72 años, que podría haber permanecido en silencio y proteger su anonimato. De ese modo, habría podido evitar que su identidad fuera desvelada, así como la de sus tres hijos y cinco nietos.

No obstante, a pesar de todas las vejaciones y agresiones sexuales que ha padecido, con las secuelas consiguientes tanto para su salud física como mental, Gisèle decidió dar la cara en el juicio. Su apuesta, mostrando públicamente su rostro y mirando de frente a los violadores, es clara e inequívoca. No ha sido impulsiva ni objeto de improvisación, sino meditada.

A consecuencia de lo cual, el foco ha cambiado de objetivo a lo largo del juicio. Y la alteración ha sido ostensible. Si al comienzo la actitud del marido, mezquino y narcisista, acaparaba la atención de los medios, actualmente el protagonismo del verdugo ha pasado a un segundo plano. Sigue provocando rechazo, pero ya no conmociona como antes. En su lugar es la víctima, Gisèle, una abuela jubilada, que ya no necesita usar gafas opacas, sino que asiste a cara descubierta, la que concita el interés por parte de los asistentes y de la opinión pública. Ahora son los agresores los que esconden su rostro.

Con el apoyo y la fuerza recibida de sus hijos, Gisèle tomó la decisión de comparecer y no ocultarse. Tras diez años de vida robados, ultrajados a manos de su esposo, ha estado acudiendo a la sala durante los tres meses del proceso, con entereza y determinación, controlando sus emociones y convencida de estar obrando según le dicta su conciencia; contribuyendo así a que muchas mujeres abandonen el silencio. 

Entre tanto, no cabe duda de que la conciencia de su soledad se muestra tan insondable como impregnada de dignidad. De una dignidad superlativa. Extraordinaria y ejemplar, podría decirse. Y es que, Gisèle Pelicot ha actuado de ese modo, abriéndose, dándose, para evitar que se trivialicen o tergiversen los hechos, para que no siga banalizándose la violencia sexual. Por todo ello, además de valentía y arrojo, su actitud honesta, amén de generosa, va a marcar, probablemente, un antes y un después en el tratamiento de la violación en el país galo, tanto en el plano social, como previsiblemente en el ámbito jurídico.

Es posible que, a partir de ahora, este juicio despierte y conmueva la conciencia social -no solo de los franceses- para que no vuelva a cometerse violencia sexual contra las mujeres. Cabe esperar también que tanto la respuesta política como legislativa del país galo se haga eco de la gravedad de los hechos probados, y adopte medidas para reformar el concepto jurídico de violación que no contempla, todavía, la noción -tan relevante- de consentimiento.

F. Javier Blázquez Ruiz. Catedrático de Filosofía del derecho. UPNA.

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