"Las tiendas de alimentación y bares sobreviven por impulso de emprendedores que vinieron de fuera con la energía que antes alguien tuvo aquí"

Actualizado el 09/12/2024 a las 22:59
Cada vez que se jubila un comerciante baja una persiana que no siempre volverá a levantarse. Lo pienso mientras cocino el bote de pochas que compré en el chino. El pequeño comercio languidece y las tiendas de alimentación y bares sobreviven por impulso de emprendedores que vinieron de fuera con la energía que antes alguien tuvo aquí. El 17% de los bares del Casco Viejo en Pamplona son gestionados ya por personas de origen extranjero. Idénticas conclusiones se obtendrían si se hiciera una prospección en otros barrios de la ciudad.
No hay relevo para una actividad que exige levantarse con el sol, trabajar fines de semana y acostarse en el último sueño, me digo en el momento en que hierve el sofrito de verdura que preparo para las pochas. ¿Miramos alrededor? ¿Vemos quienes son las personas que gestionan las fruterías, los bares, muchas peluquerías? ¿Qué establecimientos están abiertos los domingos? ¿Dónde compramos el limón, las galletas, el vino o las pipas que necesitamos el sábado?
En mi barrio los sábados por la tarde hay un puñado de comercios donde bulle la vida. Una peluquería paquistaní se emplea con clientes de distinta edad atraídos por el bajo coste de sus cortes de pelo. En el local de manicura de al lado dos mujeres chinas pintan las uñas una tras otra a un nutrido grupo de mujeres y el frutero árabe, unos metros más adelante, coloca en el peso tomates, naranjas o calabacines y resuelve preguntas sobre precios y calidades. Ellos son el relevo de los comercios de proximidad que antes gestionaron emprendedores de aquí.
En mi barrio hay ciudadanos de origen peruano que se hacen con restaurantes y les dan su impronta latina. Hosteleros chinos y colombianos que aprenden cómo se elabora el cordero al chilindrón, el ajoarriero, las alcachofas con jamón o las lentejas con chorizo y cuando cocinan una copia exacta del original compran el bar. Me cuento todo esto en voz alta y me doy la razón. Francamente, aplaudo su impulso emprendedor, pienso. Por cierto, me urge chorizo para las pochas y Paulino, el carnicero de toda la vida, cerró por jubilación hace algunas semanas. Nadie adquirió su local que luce el letrero de “Se vende”. Y no es que no fuera un negocio pujante. Ahora compro el embutido en el supermercado que regentan unas mujeres ecuatorianas. Son el relevo.