"Lo saben bien nuestros aguerridos ultranacionalistas de Bildu: la cultura será con ka o no será"

Publicado el 08/12/2024 a las 05:00
Hay pocas cosas más aburridas que escuchar a un político cuando habla de cultura. La lectura, el humanismo, la literatura, el arte y blablablá son objetos de discursos desactivados por elevación, esto es, adobados de hipérboles, lugares comunes y tópicos cuya función no es incentivar u otorgar a las cuestiones culturales una dimensión real y efectiva, sino encadenar un discurso con frases plomizas que parecen escritas por el ChatGPT. La finalidad no es otra que aburrir.
En la inauguración de la Feria del Libro de Guadalajara, el ministro de Cultura Ernest Urtasun, dijo: “La lectura es un acto rebelde, irreductible, porque tiene que ver con la humanidad y con el poder del pensamiento, con la memoria y con el futuro”. Cinco lugares comunes en una sola frase. Ignoro quién le escribe los discursos, pero sospecho que cuando un asesor va a redactar una soflama plúmbea sobre la lectura, recibe un guasap: “No te pongas estupendo. El objetivo es aburrir. No lo olvides”.
En el fondo, tanto tópico amontonado sobre la lectura es un mensaje evidente: la cultura nos importa un bledo, salvo que esta tenga un objetivo inspirado en el pensamiento woke: la “descolonización” de los museos -tarea a la que Urtasun se ha dedicado con denuedo-, la eliminación de la tauromaquia o la reivindicación de las llamadas identidades culturales.
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Lo saben bien nuestros aguerridos ultranacionalistas de Bildu: la cultura será con ka o no será. Colocar a un poeta en la dirección del Instituto Cervantes no garantiza nada: “Hasta un poema de amor puede ser leído como una defensa de la sanidad pública”, regurgitó Luis García Montero en una entrevista.
Al otro lado de la frontera no encontramos motivos para la esperanza. Feijóo cifró la escritura de la novela de Orwell “allá, por 1984” o Esperanza Aguirre, quien siendo ministra de Cultura afirmó no haber leído nada de Sara Mago (sic). Mejor sería que los políticos guardaran silencio o espetarles el título de aquel libro de Manuel Vicent: “No pongas tus sucias manos sobre Mozart”.