Netanyahu y la desaparición del problema palestino

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Manuel Martorell

Publicado el 22/11/2024 a las 05:00

El triunfo de Trump y su sintonía con las posiciones antipalestinas de Benjamín Netanyahu ha creado una situación sin precedentes en Oriente Próximo. Por primera vez, miembros de los respectivos equipos presidenciales no solamente niegan la posibilidad de reconocer un Estado palestino sino que se atreven a plantear abiertamente la anexión de Cisjordania y Gaza, anulando así en la práctica los Acuerdos de Oslo firmados por Isaac Rabín y Yaser Arafat en 1993. 

Estamos, por lo tanto, ante la coyuntura internacional con la que Netanyahu ha soñado durante estas tres décadas. En una posición de fuerza que le ha permitido aplicar políticas genocidas y de limpieza étnica tanto en Gaza como en el sur del Líbano, ahora se dispone a modificar las reglas de juego internacional para Oriente Medio, hasta ahora generalmente aceptadas. 

Ya no le basta con destruir Hamás y Hizbulá, como está haciendo. Ahora, por primera vez desde el nacimiento del Estado de Israel y su reconocimiento por la ONU en 1948, el Gobierno de Netanyahu pone sobre la mesa la desaparición del problema palestino, pero en el sentido más negativo del término. Bazalel Smotrich, su ministro de Finanzas, ha llegado a afirmar que el pueblo palestino no existe y eso es lo que desea, en definitiva, el Gobierno de Netanyahu.

Paradójicamente, la situación a que nos ha abocado Hamás con su fatídico ataque del 7 de octubre es exactamente la contraria a la que, supuestamente, motivó aquella acción: defender la causa palestina. Aquel ataque fue la ocasión que esperaba Netanyahu para sacar a su Gobierno del pozo en que se encontraba, con el agua hasta el cuello y a punto de ahogarse. 

Durante estos catorce meses no ha dejado de acumular un poder político que antes no tenía; hoy es muchísimo más fuerte que antes del 7 de octubre. Ha pasado de estar contra las cuerdas a tener contra las cuerdas a todo el planeta. Solo le faltaba, para encumbrar sus políticas antipalestinas, que Trump ganara las elecciones. 

Recordemos que fue Trump quien reconoció la anexión de los Altos del Golán, un territorio perteneciente a Siria, y a Jerusalén como capital del Estado hebrero, incumpliendo así los acuerdos internacionales. 

Con dos “halcones” en el Departamento de Estado y en la Embajada estadounidense de Jerusalén, ahora son la Autoridad Palestina –el Gobierno de Cisjordania- y una especie de mandato colonial sobre el sur del Líbano los que están en el punto de mira del Gobierno israelí.

Y a todo ello han contribuido considerablemente Hamás, Hizbulá, la Yihad Islámica y sus padrinos iraníes: los ayatolás jomeinistas, quienes, con unos impresionantes recursos petroleros y militares, viven fuera de la realidad, pensando que pueden hacer desaparecer el Estado de Israel cuando es una de las piezas claves de la geoestrategia norteamericana en Oriente Medio.

Por eso, Netanyahu y quienes apoyan sus políticas extremadamente radicales en Israel, frente a las posiciones de Ehud Barak y Ehud Olmert, exprimeros ministros, laborista y centrista respectivamente, o el prestigioso diario Haaretz, están tan agradecidos a Hamás, porque gracias a Hamás y a su desvarío mesiánico la causa palestina está hoy en la peor situación de su historia, con los principales movimientos pro-palestinos descabezados, su capacidad bélica destruida y la Autoridad Nacional Palestina, heredera de Arafat y de la Organización para la Liberación de Palestina, prácticamente de rodillas ante Israel.

¡Gracias Hamás por tu gran visión estratégica! ¡Gracias Hizbulá por haber llevado de nuevo al Líbano al borde del enfrentamiento civil con tu insistencia en actuar como un Estado cuando solo debías ser un partido libanés más! Lo peor de todo es que Hamás siga negándose a aceptar su derrota y a entregar los rehenes israelíes, prolongando así innecesariamente el infierno que devora al pueblo palestino de Gaza y que el sucesor de Nasralá al frente de Hezbolá, Naim Qasem, siga usando la retórica iraní de que el Estado de Israel se encuentra en los últimos días de su existencia mientras la aviación israelí va destruyendo una a una sus estructuras. 

Lamentablemente estas posturas han cuajado dentro del movimiento solidario con la causa palestina, haciendo así un flaco favor al reconocimiento de los dos Estados consensuado hace tres décadas. Ahora solo falta que las políticas aislacionistas de Trump, su cacareado rechazo a intervenir en conflictos externos, se concrete en acuerdos estratégicos con los gobiernos autoritarios de la zona, como el que permitió bajo su anterior Presidencia la ocupación turca del Kurdistán sirio, dando, además, carta blanca a Netanyahu para que culmine su “paz de los muertos” y dejando, a la postre, Oriente Medio en manos de unos regímenes tan democráticos como el ruso de Putin, el iraní de Jamenei y la Turquía de Erdogán.

Manuel Matorell. Experto en política internacional y Oriente Medio

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