Las crisis sacan lo mejor y lo peor de las personas: lecciones tras el paso de la DANA


Publicado el 10/11/2024 a las 05:00
La tragedia de Valencia sigue marcando el pulso en España. Ni el cómodo triunfo de Trump en las elecciones USA ha logrado eclipsar esta catástrofe en el interés de los ciudadanos. El problema es que la capa de fango que cubre amplias zonas al sur de Valencia sigue cubriendo también la política nacional. Y, todo después de que, por fin, las administraciones y el Estado en su conjunto parecen haberse hecho cargo de la magnitud del desastre y está en marcha la respuesta que se merecen las víctimas.
No es un Estado fallido, no. La limpieza y la reconstrucción van a ser terriblemente costosas y las tareas van a durar mucho tiempo. Años, sin duda. Los periodistas de esta casa que han estado esta semana en la zona cero (Lucas Domaica y Eduardo Buxens) nos recuerdan que el caos sigue siendo general en la zona. Y que el trabajo pendiente es inmenso. Por eso, el laberinto que se abre ante los damnificados suena muy, muy duro.
Pero no tenemos un Estado fallido. No. Lo que tenemos es un Estado que ha sido muy lento e inoperante en los primeros días porque algunos políticos han sido incapaces de estar a la altura. Y hay para todos.
Lo primero, la ineptitud inicial de los responsables de la Generalitat (de la consejera del ramo al presidente), sobrepasados, según va quedando más claro con los días. A ello se le une el tacticismo político con el que el Ejecutivo de Pedro Sánchez abordó la tragedia, esperando obtener réditos al endilgar el desastre a la Generalitat del PP en vez de poner en marcha rápidamente todos los recursos del Estado, con la UME a la cabeza. Sumadas, inoperancia en Valencia y malicia política en Madrid, tenemos la mezcla perfecta que explica la pésima gestión inicial de la DANA.
Momentos decisivos. La reacción fue la explosión de la ira popular frente a la clase política, el tsunami al que se enfrentaron los Reyes hace justo una semana en su visita a Paiporta. Pagaron justos por pecadores, como muchas otras veces. Porque las crisis sacan lo mejor y lo peor de las personas. Y el coraje y la empatía con que se enfrentaron al diluvio de insultos y barro reforzó la figura de los Reyes.
Es curioso lo decisivo de momentos clave para la biografía de los personajes públicos. Nótese la diferencia entre los Reyes y el presidente del Gobierno en la misma cita. A unos, su reacción les agranda. A otros, lo contrario. Y en otros casos, cambia de golpe. Ahí está el ministro Óscar Puente, el broncas twitero del Gobierno, convertido de golpe en gestor eficiente en esta crisis gracias al manejo de las redes.
El valor del periodismo frente a los bulos. Un Rey enérgico pedía a los ciudadanos cabreados no hacer caso a la “intoxicación informativa” que alimenta el caos. Y hacía bien en advertirlo. Porque otra realidad de este inmenso desastre es la capacidad de los bulos para generar confusión y estados de ánimo con las redes como eficaz vehículo de transmisión. Valga el bulo, difundido hasta en un conocido programa de televisión, de la existencia de numerosos fallecidos en el parking del centro comercial Bonaire. No se halló ningún cuerpo.
En este caso, más que nunca, es cuando hay que poner en valor la figura del periodismo profesional, el que cuenta los hechos, comprueba los datos y sólo a partir de ahí interpreta. Ese que pisa el terreno con la mirada limpia dispuesto a aprender de la realidad, no a amoldarla a su mirada ideológica. Y es que los intoxicadores profesionales también existen.
El papel de los voluntarios. Llegará la hora de depurar responsabilidades políticas por este drama. Incluso de llegar más allá si los jueces lo estiman. Pero ahora lo que sigue tocando es trabajar y poner un mínimo de orden en el caos que sigue reinando.
Desde fuera, el protagonismo en positivo se lo siguen llevando todos los voluntarios y profesionales que han acudido a la zona a ofrecer sus manos, sus palas excavadoras y su conocimiento profesional para aliviar el inmenso dolor de las víctimas. Sólo cabe darles las gracias a todos.
Incluidos los agricultores de la zona, con sus tractores, los primeros en entrar en los pueblos devastados. En Navarra sabemos bien de su valor. Los agricultores también salvaron pueblos de la Zona Media, en la ola de incendios de junio del 23. Siempre están cuando se les necesita de verdad. Aunque luego colapsen las carreteras cuando se movilizan por su futuro.