"Las aguas de Valencia se llevaron vidas, casas, empleos y sueños, diezmaron familias. Pero milagrosamente en los partes de bajas no aparece ninguna carrera política"

Actualizado el 08/11/2024 a las 22:51
Las aguas de Valencia se llevaron vidas, casas, empleos y sueños, diezmaron familias, destruyeron propiedades, arrasaron cultivos y dejaron a su paso un temblor general que tardará años en disiparse. Pero milagrosamente en los partes de bajas no aparece ninguna carrera política ni puesto alguno de funcionario.
Erraban quienes estos días hablaron de Estado fallido: no hay mejor prueba de la fortaleza del Estado que ver a sus empleados surfeando la ola mientras la riada castigaba sin piedad a la ciudadanía.
Parte de ese neopreno protector son las discusiones de los habituales de la gresca en torno a las responsabilidades en la alerta, los cruces de mensajes de aviso y los fallos de coordinación.
A este paso, la tragedia de dimensiones homéricas va a quedar reducida a un manojo de pequeños malentendidos administrativos. Habrá funerales, pero no dimisiones. El dolor quedará grabado en pueblos y hogares, pero en los despachos y las sedes vendrán otras polémicas a ocupar el lugar de estas sin que nadie se haya visto arrastrado por la riada.
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Puede que sean cosas mías, pero intuyo que el lenguaje vuelve a usarse como escudo para no verse salpicado por el barro. Me ha llamado la atención que de todas las palabras de la destrucción haya una que no aparezca apenas en noticias ni en declaraciones. Me refiero a "cataclismo", la que mejor se ajusta a lo ocurrido si atendemos a lo que el diccionario dice de ella: gran catástrofe producida por un fenómeno natural.
En su origen griego era aún más precisa: catástrofe producida por el agua. Sí la hemos visto empleada en sentido figurado en otros ámbitos de la actualidad. Un economista vaticinaba un "cataclismo" en la economía mundial por la victoria de Trump. En un diario deportivo se leía, a propósito de la derrota del Madrid de Mbappé ante el Barça: "El primer clásico del crack fue un cataclismo". Y otro titular de índole económica: "Cataclismo en Muface: las tres aseguradoras renuncian a continuar en el modelo".
Se me ocurre que si nos dejásemos de metáforas hinchadas y devolviéramos las palabras a su territorio propio tal vez entenderíamos algo de lo que pasa. Y, quién sabe, tal vez entonces el cataclismo alcanzase también a los políticos con traje de neopreno.