China se ha puesto en pie

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ANDRÉS HERRERA FELIGRERAS

Publicado el 30/09/2024 a las 05:00

El 1 de octubre de 1949 quedó establecida la República Popular China. Unos días antes, entre el 21 y el 30 de septiembre se celebró la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino. Aquellas sesiones de trabajo tendrán transcendencia histórica por muchos motivos y, quizá, de forma emblemática por el discurso de apertura de Mao Zedong: “El pueblo chino se ha puesto en pie”.

Desde entonces, la trayectoria de China ha sido extraordinaria. De una nación devastada por la guerra y la pobreza, ha emergido una superpotencia global, impulsada por una transformación sin precedentes.

Uno de los hitos más visibles ha sido la modernización económica. Durante el liderazgo de Deng Xiaoping se recuperaron ideas que habían empezado a debatirse en los años cincuenta -por ejemplo, la idea de Chen Yu del “pájaro enjaulado” donde el pájaro representa el mercado y la jaula la planificación estatal- junto con experiencias novedosas como las Zonas Económicas Especiales. China inició su apertura hacia el mercado global y, en menos de medio siglo, transformó su economía. El país dejó de ser una nación agraria para convertirse en la “fábrica del mundo”.

Nada de esto ha sido fácil. La ruptura del contrato social derivó en Tiannamen y la represión de las protestas mostró las costuras de la política de apertura. Las desigualdades sociales y geográficas fueron -junto a los problemas ambientales- el reverso tenebroso de ese desarrollo económico. Pero cuando Pekín parecía un alumno obediente nada de eso importaba en Washington ni en Bruselas. La OTAN se permitió bombardear la embajada de China en Belgrado en 1999 y Zhongnanhai se limitó a una queja formal. “Esconde tus capacidades y gana tiempo” había dicho Deng bebiendo de los clásicos del pensamiento estratégico chino.

Sobre el legado recibido, Xi Jiping ha iniciado una nueva etapa. Impulsos como el plan “Made in China 2025” están derivando en una profunda transformación del modelo económico pasando de uno, basado en costes laborales y exportaciones, a otro que tiene en la innovación y la transición ecológica sus fundamentos. En paralelo, Xi y la dirigencia del PCCh han llevado a cabo una fuerte recentralización del poder que ha limitado, entre otras cosas, el acceso del capital extranjero a los círculos de decisión en las provincias. Sin duda, el PCCh es hoy una organización más disciplinada -y seguramente menos cromática- que en tiempos de Deng, Jiang o Hu.

Es evidente que esa transición de modelo no es una tarea fácil. En el ámbito interno, el motor del consumo no acaba de alcanzar una velocidad de crucero. Está por ver cómo se materializará la visión de Xi de “prosperidad común” para seguir avanzando en la reducción de las desigualdades. Estas constituyen una amenaza que erosionan la estabilidad social, una prioridad central para el Partido Comunista. En el exterior, tener una agenda propia y un desarrollo no subordinado ha derivado en un escenario de tensión. Aquí claramente, iniciativas como “la Franja y la Ruta” o la “Comunidad de un Futuro Compartido” ponen de manifiesto la búsqueda de espacios en los que China pueda alcanzar un estatus de potencia global sin colisionar directamente con Estados Unidos.

Son muchas las cuestiones que se quedan en el tintero, pero me gustaría terminar con una idea: en estos 75 años, China ha demostrado capacidad para adaptarse y, su dirigencia, importantes dosis de creatividad política y económica. Sin embargo, la etapa que se abre -rumbo al centenario de la República Popular- muestra importantes desafíos y, entre ellos, un escenario donde Pekín parece no tener ideas nuevas: Taiwán.

Andrés Herrera Feligreras. Sinólogo. Fundación Qili Fundazioa

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