"El reloj avanza en la sala de espera y tras la ventana se ve el mundo de fuera, apetitoso, hasta que la puerta se abre de pronto"

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Pedro Charro

Actualizado el 22/09/2024 a las 23:40

Me senté en la sala de espera a esperar mi turno, y en el aire flotaba esa mezcla de ansiedad, hastío e impaciencia de una consulta médica, junto con la extraña sensación de que allí el tiempo pasa de otra forma, se desparrama como en los relojes de Dalí, se vuelve viscoso y sin objeto, pues el tiempo de espera es un no-tiempo, un puro atender, dejar pasar, un lapso muerto que es y no es de la vida pues no consiste en nada, salvo en estar sentados. 

Así es como ocurre en las peluquerías, las oficinas, los aeropuertos o las consultas, donde los que esperan se miran entre sí, anhelantes, y consultan sin parar el móvil como si esperasen una herencia inminente. 

La espera y lo que es peor, las listas de espera, son además el síntoma del sistema, la vía de agua que amenaza al barco, la gran paradoja de la política progresista de este gobierno tan inflado y pagado de sí mismo, su pecado original, el mejor ejemplo de una política encantada consigo misma que quiere ser juzgada siempre por sus intenciones pero no por sus resultados, hasta el punto que cuando se le pone frente a ellos se irrita muchísimo. 

Se siente incomprendida, pues aunque sea evidente que las cosas van sin duda a peor, siempre se considera inocente, no es nunca responsable.

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  Así, ya nos hemos acostumbrado a que quien manda nos riña de vez en cuando y nos eche a nosotros la culpa, pues no atendemos a las expectativas de los expertos, nos empeñamos en llevar la contraria, no nos curamos nunca, somos unos ingratos con quienes se preocupan tanto por nosotros.

El reloj avanza en la sala de espera y tras la ventana se ve el mundo de fuera, apetitoso, hasta que la puerta se abre de pronto y pasamos frente a alguien que comprueba el ordenador y se apresura luego a escuchar nuestras cuitas; él, que también está harto de esperar, que hace tiempo confiaba en que las cosas cambiaran y poder hacer más y ya no, pero que nos atiende y escucha y entonces ya no es para tanto y luego nos tiende la mano o un papelillo volante con el que nos dice adiós, salvados hasta la siguiente.

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