"En Nueva York todavía hoy los contenedores son pocos. Cuentan que los roedores siguen agujereando las bolsas esparcidas diseminando el mal olor"

Actualizado el 17/09/2024 a las 00:00
Sinatra cantó con entusiasmo a la energía de Nueva York. Compuso su 'New York, New York' mucho antes de que la ciudad de los rascacielos fuera la amalgama fabulosa de culturas y razas en que se ha convertido.
En su canción no hay referencias a la simpatía de sus residentes con los turistas o a la pujanza del castellano que subrayaba ya en los años setenta García Márquez. “En Nueva York, yo, de entrada, hablo español, y todo el mundo me entiende”, decía.
Y lo corroboro. La hostelería, los comercios, los servicios están atendidos por personas de origen latino y también por jóvenes que estudian español en el instituto o en programas de adultos.
Ni Sinatra ni García Márquez debieron reparar en que en la ciudad del Empire State, los musicales o la estatua de la Libertad apenas hay contenedores. Las bolsas de basura se acumulan en las aceras, aunque desde marzo el ayuntamiento despliega un plan de implantación progresiva.
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Echas una ojeada a la prensa y da la sensación de que su alcalde Eric Adams se ve como un urbanista innovador porque se le ha ocurrido instalar contenedores. Le ocurre a su consistorio lo que a los líderes de Podemos cuando alcanzaron el poder y difundían que la suerte era nuestra porque, por fin, iban a gestionar la cosa pública.
Como si su llegada marcara un antes y un después para los afortunados ciudadanos. Algo de eso le pasa al alcalde Adams, que anunció que habría camiones para recoger contenedores como si fueran naves espaciales de última generación. En la ciudad de los rascacielos todavía hoy los contenedores son pocos.
Cuentan que los roedores siguen agujereando las bolsas esparcidas diseminando el mal olor. Todo esto se me pasa por la cabeza en Pamplona, delante del contenedor de orgánica. Aquí, mientras sujeto con la izquierda la bolsa, oprimo el interruptor, paso la tarjeta y piso el pedal, me parece estar viviendo en una ciudad de la postmodernidad. Lo hago con calma, mirando a un lado y a otro, con una suficiencia casi arrogante, de cowboy americano.
El contenedor se me antoja una nave espacial que de pronto abre su compuerta. Un producto de la ingeniería futurista más sofisticada. Un peldaño solo para elegidos en el escalón de la evolución humana. “In a city that never sleeps” (“en una ciudad que nunca duerme”), cantaba Sinatra, a alguno se le han pegado las sábanas. ¡New York, New York!