Kalimotxo flamenco

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Jose Murugarren

Actualizado el 02/09/2024 a las 23:17

El vino discurría por un circuito y la coca cola por otro, por decirlo así, hasta que alguien propuso meterlos en un mismo vaso en las fiestas de 1972 de Algorta. Lo llamó kalimotxo o calimocho. Los experimentos son ensayos u ocurrencias que asumen riesgos. 

Hace unos días, la plaza del Ayuntamiento de Pamplona estuvo llena para contemplar el flamenco de Pepe Habichuela y Josemi Carmona mestizado por la música y los bailes de gaiteros y dantzaris de Duguna. 

La uva y la burbuja combinadas suscitaron respuestas variadas. Hay quien el vino lo prefiere solo y en copa elegante. Para otros, el efecto de la mezcla resultó estimulante.

El cóctel de flamenco y dantzaris es un episodio más de esta evolución al mestizaje global contemporáneo. ¿Quién iba a pensar que en la norteña Pamplona podría celebrarse un festival tan sureño? 

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Sacar adelante el Flamenco on Fire enfrentó debates políticos casi étnicos por esa manía de etiquetar las ideas, las personas y la cultura. La música es el resultado de un viaje largo. 

Tiene origen pero se desplaza sin pasaporte, da y recoge por donde pasa, suma sonidos, los difunde y al hacerlo amenaza con pinchar en ese lugar del estómago en el que nos revuelven las emociones.

 Ese es su reto y su singularidad. También en el flamenco. Hay grupos como los donostiarras de Sonakay que versionan con estilo propio el “Txoria txori” de Mikel Laboa. O los pamploneses de “Goxuan Salsa” que integran con envidiable swing los sonidos cubanos y los locales en unas nafarsalsas que da gusto bailar. Pocos hubieran dado un euro porque el kalimotxo pudiera ir más allá de las barras de fiestas de pueblos y txoznas. 

Hoy, el invento forma parte de la carta de bebidas de cualquier bar. En un restaurante chic hace unos días una pareja pidió ‘albariño’ para ella y un kalimotxo para él .“El kalimotxo, con Ribera del Duero, por favor”, aclaró. Flamenco y dantzaris pueden aspirar a ser un espectáculo con gancho.

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