"Los Juegos son la muestra más excelsa de la plasticidad del cuerpo humano; de su variedad en fenotipos, complexiones, rostros y capacidades biomecánicas"

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Juan Gracia Armendáriz

Publicado el 11/08/2024 a las 05:00

La cosa empezó rara desde el día de la inauguración. Reconozco que no aguanté más de veinte minutos. Ni siquiera vi en directo la enésima parodia de la escena evangélica, algo que, según comprobé más tarde, fue cansina, más subida de colores que la célebre escena de Luis Buñuel en “Viridiana” (1961) pero hecha con nulo talento y riesgo. Un chiste viejo, facilón y autocomplaciente. 

Con semejante preámbulo uno ya no sabía si había visto una inauguración deportiva o los carnavales de Río de Janeiro. Al parecer, las aguas del Sena son la cloaca máxima y la comida de los deportistas olímpicos no pasaría un capítulo de “Infierno en la cocina”.

 Tampoco he conseguido aclararme si la final de boxeo femenino fue tal. Sin embargo, uno se olvida de que le gustan los juegos olímpicos. 

Pasan cuatro años y ya no recuerda que son la muestra más excelsa de la plasticidad del cuerpo humano; de su variedad en fenotipos, complexiones, rostros y capacidades biomecánicas. 

Uno se descubre viendo pruebas y deportes que no acostumbra a apreciar. El asombro ante la habilidad de un yudoca para girar en vertical a un oponente de noventa kilos; la extrema plasticidad del salto de longitud, que ya practicaban en Grecia hace 2.700 años; la velocidad inverosímil de los tiradores de esgrima o la potencia explosiva de una lanzadora de disco. 

Restemos el exceso de espectáculo vano; las luces, los selfis y hasta la campana que tañen los plusmarquistas de atletismo. He pasado momentos de placer contemplando pruebas donde no participaba ningún deportista español, como el memorable récord de un sueco en el salto de pértiga. 

Sufrí el día en que Carolina Marín se partió la rodilla cuando arrasaba a su oponente para plantarse en la final y, quizá, llevarse la medalla de oro. Me alegré tras la derrota de la innoble selección de fútbol de Marruecos. Sea como fuere, la mayor parte de las veces sobran las tramoyas extradeportivas. Entonces queda la pura emoción de pertenecer a una especie capaz de alzarse por encima de sus límites.

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