Carolina Marín podría ser mi hija

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JOSÉ JAVIER ECHEVERRÍA

Publicado el 07/08/2024 a las 05:00

Desde niños, a medida que vamos teniendo uso de razón, algunos antes, admiramos a los deportistas de élite como si fueran nuestros progenitores. Sin tener muy claro el porqué, seguramente nos lo transmitió nuestro padre, como a él se lo transmitió nuestro abuelo. Suele ser cosa de los cromosomas XY. Cuando llegan los granos a nuestra cara, con la adolescencia, se convierten en nuestros amores imposibles, llenando las paredes de nuestra habitación con sus fotos. Siguiéndoles a escondidas allí donde puedan encontrarse, mirándolos de reojo, avergonzados, o los más atrevidos aproximándose a ellos en busca de una foto, una autógrafo, una sonrisa, algo con qué dormir abrazados cada noche.

Con el paso de los años, los acompañamos en sus éxitos, celebrándolos junto a ellos. Los apoyamos en sus momentos difíciles, cuando pierden o se lesionan. Nunca caminarás solo, les cantamos separados por una valla o un guarda de seguridad. Nuestra amistad será para siempre, amigo del alma. Olvidamos sus errores, perdonamos sus imprudencias, justificamos sus malas decisiones, como hacemos con nuestros hijos a medida que la diferencia de edad los equipara. Llorando en silencio cuando se van apartando de nuestro lado, en los últimos momentos de nuestras vidas. Somos su familia.

Pero como diría mi madre Julia, la que me parió, como seguro antes se lo dijo mi abuela Sabina, la que le parió a ella: “la sangre no es agua”. Y esos deportistas profesionales, para lo bueno y para lo malo, en la salud y en la enfermedad, no nos ven como a su familia. De niños, a lo más que llegamos para ellos es a ser como hijos de padres divorciados, con visitas los fines de semana alternos cuando juegan en el Sadar, con alguna visita intersemanal si no hay escuela y hay copa o entrenamiento en Tajonar. Les halagan nuestras muestras de amor incondicional, sin cerrarnos la puerta, manteniendo la brasa encendida en nuestros corazones, en su necesidad de sentirse queridos, aún sabiendo que nuestro puro sentimiento no será correspondido.

Nos regalan las migajas de sus éxitos como peladillas en un bautizo, aislándose en sus propias burbujas cuando llegan los malos momentos. Nunca tienen en cuenta nuestros sentimientos cuando toman sus decisiones. Ellos y los de su sangre son lo primero, lo único. Llegando a abandonarnos si dejamos de serles útiles. Pero no es culpa suya, es nuestra. Al menos gran parte de ella. Es necesario salir de la caverna de Platón, o que ellos desciendan del cielo de la Primera división, para que nos demos cuenta de la verdadera realidad en la que vivimos. Las sombras en mi pared se desvanecieron cuando redujeron los autobuses escolares de mi hija por falta de recursos públicos, mientras financiábamos clubes deportivos saqueados por sus directivos, mientras buscaban cualquier subterfugio legal o delictivo para pagar menos impuestos.

Cuando el fútbol profesional masculino español guardó silencio cobarde, voluntario o dirigido, mientras sus compañeras, en lucha por sus derechos, los de todas, más necesitaban de su apoyo, ya no hay más uñas pintadas de morado en Instagram. Cuando mantuvimos al capitán del barco cuando éste se hundía, pero en la cresta de la ola decidió buscar un puerto más seguro.

Cuando fuerzan su marcha por dinero a destinos de quienes no buscan mejorar sus competiciones deportivas con su presencia, sino limpiar internacionalmente su imagen manchada con sangre de trabajadores explotados, de mujeres sin derechos y de colectivos perseguidos.

Cada uno defiende lo suyo. Nosotros no somos nadie para exigir que nos tengan en cuenta. Debemos respetar sus decisiones personales, sus prioridades económicas o su creencias socio-políticas, lo mismo que nosotros exigimos sean respetadas las nuestras. Se merecen que seamos justos con ellos, nada más. Mi empatía sólo para quien se la haya ganado.

Las lágrimas que me provocó la lesión de Carolina Marín, cuando estaba tocando con la punta de su raqueta de bádminton la Final de los Juegos Olímpicos de París 2024, se me secaron pocas horas después. Sólo hizo falta una cerveza con limón en la terraza del bar Itaroa, en Huarte, con mi amigo Bautista para olvidarme de su dolor. Aún hoy sigo empatizando con Carolina, pensando que podría ser mi hija. Pero no lo es.

José Javier Echeverría Barbarin es entrenador y abogado especialista en derecho deportivo

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