"La victoria de Biles en París es un desquite y un mensaje que vale más que el oro, una prueba de que se puede renacer y enfrentar lo que nos paraliza y asusta"

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Pedro Charro

Actualizado el 04/08/2024 a las 23:00

El pabellón olímpico de Bercy se vino abajo cuando Simone Biles terminó su ejercicio de suelo casi perfecto, en el que había volado por los aires y caído en un palmo: una actuación que le aseguraba la medalla de oro en el concurso global, después de que un pequeño error en la barra asimétrica le pusiera a tiro de sus competidoras. 

Enseguida se envolvió en su bandera junto a Lee, bronce, y dando saltos saludó con la mano con una gran sonrisa. Era imagen de una Biles que había vencido al resto, y sobre todo a sí misma, después de haber denunciado hace años abusos repetidos de un médico del equipo y sufrido la indiferencia de los responsables deportivos y policiales.

  Ella es la auténtica imagen de estos juegos, y no ese desfile histriónico por la pasarela en el Sena, el primer día, que dio tanto que hablar. Una imagen de constancia y superación, pero también de valentía, por atreverse a abrir la boca y enfrentar a todo un potente sistema de poder deportivo que miraba desde arriba a una niña. 

Biles tuvo una grave crisis en Tokyo, en las olimpiadas del 21, las del Covid y se retiró de 5 de las 6 finales en las que participaba, pues todavía arrastraba secuelas, sufría episodios de ansiedad y depresión, y parecía que su carrera había acabado. 

No quería seguir. “Tengo que proteger mi mente y mi cuerpo, y no solo hacer lo que todo el mundo quiere”, dijo. 

Su victoria en París es un desquite y un mensaje que vale más que el oro, una prueba de que se puede renacer y enfrentar lo que nos paraliza y asusta. 

Al ver sonreír a esta mujer menuda y explosiva, con esa pinta de duende de cuento, he recordado la historia que cuenta Yogananda en sus memorias de un yogui, al hablar de su infancia, cuando relata que su madre le advirtió que no entrara en un cuarto pues en él había un fantasma. El niño, decidido, entró en el y luego le espetó a su madre que no era verdad, que allí no había ningún fantasma. Nunca más, dice, intentó volver a asustarme con ello. Enfrenta al miedo, señala Yogananda, y no volverás a preocuparte por él.

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