"Los Juegos Olímpicos ofrecen certezas en un mundo que navega hacia la incertidumbre en un mar de aguas revueltas"

Publicado el 03/08/2024 a las 05:00
Lo que distingue a los Juegos Olímpicos de otras citas deportivas es el interés que despiertan en una afición sobrevenida a la que de ordinario resultan indiferentes las copas, ligas, campeonatos y demás torneos del músculo y la apuesta.
Los hay que durante cuatro años pasan -olímpicamente- de cualquier clase de deporte individual o de equipo, de balón o de aparato, acuático o terrestre, y los monográficos que han optado por invertir todo su caudal de pasiones en una sola disciplina con exclusión absoluta del resto.
Pero, llegados aquí, la disposición de unos y otros es incondicional. Tanto sea un partido de tenis como una sesión de lanzamiento de martillo, ahí que está el nuevo espectador atento a la pantalla, pendiente del resultado, llevando la contabilidad de trofeos conquistados por los suyos pero dispuesto también a apreciar las gestas ajenas porque en todo encuentra belleza.
Agrada contemplar este fervor calmado, tan lejano del fanatismo ciego y turbulento que acompaña a los ritos del deporte de masas, este aire de armonía universal, esta celebración del esfuerzo y del talento humanos más allá de las rivalidades excluyentes.
Tal vez sea una ilusión, pero los Juegos Olímpicos ofrecen certezas en un mundo que navega hacia la incertidumbre en un mar de aguas revueltas. A la luz de la gran antorcha todo parece más claro, porque los que ocurre dentro de esta burbuja se rige por los reglamentos, los cronómetros y el sistema métrico decimal, mientras afuera reinan la ambigüedad y el desorden.
La tecnología de las transmisiones ha venido a convertir este remanso de paz en un prodigio de movimiento, colorido imágenes fascinantes, en cuyo seno se engendran además ídolos y leyendas, historias de superación y sacrificio, incluso conflictos de baja intensidad que amplían el radio del entretenimiento hasta el ámbito de la ética, como un simulacro perfectamente calculado de vida real completa pero desprovisto de sombras y de espinas.
¿Quién rechazaría pasar sus vacaciones en este gran festín al que estamos invitados cada cuatro años? Vamos, gritan nuestros deportistas. Les hemos hecho caso y hemos ido, aunque sea como aficionado de ocasión.