Hablando se entiende la gente

Publicado el 28/07/2024 a las 05:00
Leyendo la prensa provincial y nacional, me ha venido a la cabeza este aforismo cervantino y muy clásico en la literatura de todos los tiempos que dice: “hablando se entiende la gente”.
Aforismo básico en cualquier problema, sea familiar, de pareja, social, de amigos y, cómo no y, sobre todo, cuando de democracia y libertad se habla en un país que tanto habla de progreso, de bulos y fangos…
Pero hablar y hablar no es dialogar, inventar términos grandilocuentes para comunicarse no es un diálogo con el que la gente pueda entender y llegar a consensos, no.
Eso no es hablar para entenderse; eso es hablar, decir frases, palabras huecas, tengan o no base de veracidad; y aun cuando las tuvieren, si no es capaz de atravesar la amígdala emocional que coordine con corteza cerebral sólo son sonidos…
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Es realmente lo que estamos acostumbrados a oír, leer, y repetir mil veces la misma mentira para que acabe siendo verdad. Esto no es entenderse hablando, esto es un circunloquio anodino, mordaz muchas veces, que aunque no llegue “la sangre al río”, va horadando lenta y pausadamente los cimientos de la buena integración de un emisor y un receptor que están dispuestos a poderse entenderse, para una mejor práctica en aquello que se habla y se discute.
Todo lo demás son palabras fatuas, “diálogo de besugos”, donde tanto el emisor como el receptor, sabiendo de antemano que no quieren llegar a un puerto común, reconocen lo bien que han dicho los sintagmas anodinos y mordaces para que el receptor caiga en la trampa -su trampa-, y sigamos como si nada hubiera pasado…
Y ahí nos quedamos los lectores u oyentes, diciendo “pero qué gente tenemos como dispensadores de una democracia, a los que se paga auténticos caudales para leer, oír, y percibir que nada han dicho, y así y todo duerman como troncos cada noche, y que todo siga igual…
Qué razón tenía el psicolingüista Chomsky cuando decía: “Si el mensaje no está rebozado con emoción, veracidad y buena disposición de querer que llegue al receptor, jamás será un buen lenguaje, serán semantemas sueltos que como secuencia musical pueden hasta sonar bien, pero no penetrará en el receptor, porque en el fondo no tiene ni veracidad, ni intención de que nos entendamos cuando algo es mecánico y no cognitivo para entenderse ambos” (Perdonen mi licencia de citar a este sabio lingüista de memoria).
No se gobierna, no se dirige, no se administra un grupo social sin el diálogo, sin entenderse, sin llegar a un canal de comunicación donde la razón se emocione y la emoción razone. Está visto que nadie, o un gran grupo de personas que están en el candelero no quieren que hablando se entienda la gente, quieren que todos entremos en un embudo bien estrecho para llevarnos por un camino que -no sé por qué razón profunda e insondable-, es para ese grupo la biblia del pensar, del hablar, del hacer, del ser… y, así nos va, en cada una de las decisiones que se toman sin hablar, sin dialogar, sin ceder, sin emoción compartida y sin razón ajustada a derecho, a una libertad garante de generar unas condiciones óptimas que nos entendamos todos a la hora de generar riqueza, madurez, progreso, estabilidad y una confianza mutua para que este “país, el más rico del mundo”, sea rico de verdad para todos. Puede ser que la canícula me haya afectado, pero esta reflexión me estimula la prensa, la televisión, el ver cómo nuestro país se va desmembrando y generando una situación de estrés crónico, donde nuestra gente de a pie, necesita irse, evadirse, no pensar, no leer, no entrar en disquisiciones que no van con ellos; adocenarse en la barra del bar, en la arena de playa, o llenarse la cabeza de “pseudo orfidales” para seguir viviendo, sin vivir, muertos vivientes…
No, eso no es un país que por mucho que nos sermoneen lo bien que estamos y cómo crece el PIB. No es un entendimiento entre los que mandan y los que se inhiben totalmente de una realidad que no quieren aceptar por mucho silencio que acampe en nuestras ciudades y plazas.