"Santo Domingo a las ocho, del 7 al 14 de julio, es un lugar de gente madura que corre el encierro"

Actualizado el 14/07/2024 a las 11:05
Santo Domingo a las ocho, del 7 al 14 de julio, es un lugar de gente madura que corre el encierro. Cuentan los reporteros, de la pluma y de la tele, que quienes allí se reúnen son veteranos. Gente que acelera con la urgencia del náufrago que descubre un tablón al que agarrarse en el mar.
Alguna vez leí que en una isla de algún lugar de relato se celebraba una fiesta. Los jóvenes trepaban por las sequoias a toda velocidad y una vez arriba descendían veloces. Pocos se caían. Había veteranos que intentaban idéntica ascensión y pese a los problemas lograban llegar a la copa.
Parecían físicamente más limitados y aparentemente más vulnerables. Los mayores buscaban también quemar la adrenalina de aquella aventura, pero su reto, evitar los accidentes, era aparentemente más complicado.
Algunos caían, sufrían lesiones leves y graves pero otros se aferraban a las ramas del árbol, capeaban el viento, lograban estabilizarse pegados al tronco como koalas y comenzaban a descender más lento y más seguro, del mismo modo que muchos veteranos corren por la cuesta de Santo Domingo. Ellos, los de las sequoias, eran menos explosivos.
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Los de Santo Domingo también son menos rápidos que los jóvenes. Sin embargo saben que la prudencia es un grado y han desarrollado un plus de astucia veterana desde sus tiempos mozos. Los protagonistas de la historia de la sequoia que conseguían bajar eran abrazados y homenajeados al tocar el suelo.
Habían demostrado una notable habilidad para sortear una situación de riesgo. Los mayores del encierro que se citan con el peligro en el encierro lo celebran con almuerzos. No hay mejor reconocimiento.
Ser corneados no figura en sus proyectos y aunque resulte una contradicción correr pegado al toro unos segundos, les hace tomar consciencia de que siguen estando vivos. “Corro y me la juego porque me ayuda a sentir con fuerza la vida”, decía el ilustre corredor Julen Madina pocas semanas después de sufrir cinco cornadas en el callejón de un “Torrestrella” que lo empitonó hasta el aburrimiento.