"Si gana Biden, al final de su mandato tendrá 86 años. Si gana Trump, acabará a los 82. Pocos hijos permitirán a sus padres conducir el coche a esas edades"

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José María Romera

Actualizado el 07/07/2024 a las 14:45

Ni Biden ni Trump mencionaron la Inteligencia Artificial en su debate de la semana pasada. Es un detalle revelador de la incapacidad de ambos, uno octogenario y otro septuagenario, para asumir la presidencia del país más poderoso del planeta en un momento histórico en el que el mundo se transforma a velocidad de centella y necesita unos líderes no solo bien preparados y con visión de futuro, sino en el mejor estado de forma posible. Fue una mala noche para los críticos del edadismo, porque los contendientes se encargaron de dar la razón a los tópicos y prejuicios contra las vidas políticas prolongadas. Por un lado, un mentiroso compulsivo derramando falsedades con su descaro habitual. Por el otro, un despojo humano decidido a producir lástima a base de lapsus, ausencias y balbuceos. Y ambos, embustero y guiñapo, en triste combate contra un tiempo que ya no es el suyo ni el de sus débiles cabelleras. Nunca ha quedado tan claro como ahora que la Casa Blanca no es lugar para viejos, pero se diría que Joe Biden puso un empeño especial en subrayarlo. Quizá sus despistes de memoria no afectaran al debate de fondo, pero convendría que no se presentasen al firmar papeles en el despacho oval. Puede que los temblores sean irrelevantes, salvo que la mano presidencial ande cerca del botón rojo. En cualquier caso, mejor sería evitar la ocasión. El misterio es cómo republicanos y demócratas han llegado hasta aquí, sin anticiparse a los efectos de las siempre previsibles leyes biológicas. No importaría gran cosa si se disputaran algún cargo honorífico, pero lo que se juega en este combate de vejestorios es el cetro del imperio. Si gana Biden, al final de su mandato tendrá 86 años. Si gana Trump, acabará a los 82. Pocos hijos permitirán a sus padres conducir el coche a esas edades. Uno conoce longevos saludables que dirigen empresas, a otros que escriben brillantes columnas sanfermineras e incluso a otros que triunfan en las pistas de baile. Pero son excepción. Por lo general, lo prudente a esas edades es el retiro en cualquiera de las variadas modalidades que ofrece esta animada época. A no ser que aspires a la presidencia de los EEUU, en cuyo caso te está permitido hacer el ridículo.

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