¿Somos todos enfermos mentales?

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JUAN MANUEL GOROSTIAGA

Publicado el 28/06/2024 a las 05:00

No soy psiquiatra ni psicólogo, ni pretendo serlo. Simplemente, quiero reflexionar en voz alta sobre un tema, la salud mental, actual y en auge, porque me preocupa. Disculpas de antemano si cometo un posible desliz conceptual. 

Me he permitido escoger como título de la reflexión el de un polémico libro escrito en 2011 por el psiquiatra Allen Frances, expresidente del DSM-IV, donde argumentaba que la psiquiatría moderna tiende a patologizar experiencias humanas comunes como la tristeza, la ansiedad o la timidez, etiquetándolas como enfermedades mentales. 

Frances cuestiona en ese libro la medicalización excesiva de la normalidad en la sociedad actual.

Es una obviedad irrefutable que existen trastornos mentales graves que requieren atención médica especializada, máximos recursos, máxima comprensión, máxima dedicación y una priorización que muchas veces no tienen por no filtrarse adecuadamente la demanda —que tiende a ser infinita— de otros problemas psicológicos que hay que plantearse si requieren enfoques y perspectivas diferentes.

Es también una realidad que el ritmo acelerado de vida, la incertidumbre, la presión social, el impacto de las redes sociales, los cambios culturales, la inseguridad, las exigencias del trabajo, la familia… nos generan situaciones de malestar emocional a todos en algún momento, y que todo esto afecta más a la población en situaciones de vulnerabilidad económica y social. 

Situaciones y sentimientos que, en algunos casos, pueden ser muy dolorosos, y que tenemos que aceptar, reconocer y visibilizar y con las que convivir. Negar o patologizar estas emociones nos puede privar de la capacidad de gestionarlas de forma saludable.

Seguramente, los especialistas tienen clara esta diferencia, pero a nivel ciudadano sería bueno que se diferencie más claramente entre sufrimiento y malestar, y que se empezara a enviar desde donde corresponda mensajes tranquilizadores para reconocer que no todos los problemas emocionales son enfermedades; que somos humanos y no pacientes; y que no deberíamos medicalizar la totalidad del sufrimiento humano. 

Sería también positivo que nos enseñaran a distinguir entre enfermedad mental y problemas psicológicos, aquellos trastornos que requieren intervención profesional de los que no. Y es que, en lugar de etiquetarnos como enfermos, deberíamos aprender a reconocer esos sentimientos como parte de la experiencia de un proceso continuo de crecimiento y adaptación a las complejidades de la vida humana. El reto es desarrollar herramientas y capacidades para afrontar los desafíos emocionales que inevitablemente surgen.

A mi juicio, sobre esto último, la responsabilidad es de todos. De la Administración, de los gobiernos, de la sociedad, de las personas y de las empresas:

-En el nivel administrativo e institucional, promoviendo estrategias de prevención y promoción de la salud mental, fortaleciendo y potenciando la salud mental en Atención Primaria, fomentando la educación emocional, promoviendo estilos de vida saludables y creando entornos sociales más justos y equitativos.

-En el nivel individual, desarrollando la capacidad de comprender nuestras propias emociones, nuestros pensamientos y motivaciones; encontrando un propósito o un sentido a nuestras vidas; tomando decisiones saludables; buscando apoyo cuando lo necesitamos; y aportando bienestar psicológico en nuestro propio entorno.

-Y en el nivel empresarial o laboral porque, sin ser aún una responsabilidad legal, sí es una responsabilidad con las personas que trabajan en nuestras organizaciones. Se trata de generar entornos de confianza donde se pueda hablar de nuestras emociones sin miedo al juicio o la estigmatización; donde se fomenten la educación emocional y los estilos de vida saludables; donde facilitemos herramientas para el desarrollo de las personas; y donde trabajemos por la consecución de unos objetivos sostenibles comunes.

Tenemos que ir cambiando las formas de relacionarnos en las organizaciones. Es hora de fomentar las conversaciones y, sobre todo, cambiar la forma de liderar. Es decisivo comprender que todo está cambiando, mucho. Yo, el primero.

Para terminar, y volviendo nuevamente al título de estas líneas, es curioso que, teniendo como tenemos los mejores indicadores de salud de la historia, tengamos al mismo tiempo una muy mala percepción sobre nuestro estado de salud, peor que nunca. Paradojas de la sociedad del bienestar. Más sanos y enfermos que nunca.

No, no todos estamos enfermos.

Juan Manuel Gorostiaga. Director gerente de Mutua Navarra

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