"Los gimnasios son un microcosmos social donde los deseos y las frustraciones se expresan en sudor, feromonas y miradas furtivas"

Actualizado el 16/06/2024 a las 10:10
Los gimnasios son un microcosmos social donde los deseos y las frustraciones se expresan en sudor, feromonas y miradas furtivas. Al que acudo en Madrid llegan ahora los rezagados, ansiosos por reducir en quince días una biomasa de pizzas a domicilio.
Al otro lado del arco están los que, al parecer, viven en el gimnasio. Sea la hora que sea, ahí están, rebutidos de proteínas, trabajando unos hombros que ya tienen el tamaño de un casco de moto.
Uno acude a la hora de los jubilados, pero también hay chicas vestidas con lencería deportiva, lo que aliviana nuestras doloridas articulaciones. Estar a dieta no nos impide ver el menú.
Los usuarios más temibles llegan a partir de las siete de la tarde. Es la hora de los monstruos. Te preguntas si estás en un gimnasio o en una macrocárcel hondureña.
Esta asfixia transpirativa es un trasunto de una política hipertrofiada, hinchada con batidos de proteínas, pechugas de pollo y claras de huevo.
Tenemos a Yolanda Díaz, que ocupa la máquina para fortalecer glúteos sin apartar la vista del móvil, ajena a los que esperan turno.
Está Alvise, un tipo sin plan de entrenamiento a quien lo mismo le da practicar calistenia que yoga tántrico.
Los nacionalistas vascos y catalanes van a lo suyo, no se bajan nunca de la bicicleta estática con la esperanza de que puedan llegar con ella al carril bici de la independencia.
Vox continúa fortaleciendo el tronco superior y si nadie lo remedia a este paso van a necesitar sujetador.
El instructor Sánchez se pasea entre las máquinas de cardio e inventa métodos de entrenamiento francamente lesivos.
En tanto, el PP no consigue ser el centro de atención, porque el instructor Sánchez va siempre un paso por delante en la cinta de correr. Feijóo cumple su rutina de entrenamiento, pero luego desaparece. Está, pero pasa inadvertido. Para la chica más sexy del gimnasio es un señor invisible.
Queda la remotísima esperanza de que Sánchez se rompa el ligamento cruzado en alguna de sus asombrosas contorsiones.