Elecciones europeas: ¿cambio de ciclo político?

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Javier Blázquez

Actualizado el 06/06/2024 a las 12:14

Es muy posible que las elecciones al parlamento Europeo se conviertan en uno de los acontecimientos políticos más relevantes de los últimos años para el futuro de la Unión. También para los países que la integran. La principal novedad de estos comicios es el peligro de que se trunque el equilibrio histórico sobre el que se ha construido la unidad europea entre partidos democristianos y socialistas, con el apoyo puntual de los liberales.

Sin embargo, tal y como anticipan buena parte de las encuestas, las expectativas electorales para los partidos de ultraderecha son altas y los motivos son diversos. Por una parte, es fácil constatar cómo los discursos y propuestas que plantean los partidos tradicionales no concitan el interés de buena parte de los votantes.

Los dirigentes de estos grupos son percibidos cada vez más distantes y no practican la autocrítica respecto a errores cometidos o promesas incumplidas. Los líderes adolecen de falta de empatía con los problemas reales, acuciantes en ocasiones, que se viven encarnados en la vida cotidiana.

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No cabe duda de que los partidos ultranacionalistas han sabido atraer a los ciudadanos desengañados de la política tradicional y decepcionados con la situación económica que arrastramos desde la crisis de 2008. Sus dirigentes han sido hábiles para rentabilizar los miedos y resaltar las carencias de una sociedad fragilizada, cada día más escéptica, mediante un discurso tan atractivo y seductor como demagógico.

En los últimos años han sido conscientes de que para ganar elecciones tenían que limar aristas, mostrarse menos radicales y ensanchar la base social. De ahí que planteen soluciones fáciles y sencillas ante problemas complejos, aunque después las medidas que plantean sean inviables.

Los dirigentes de la ultraderecha no persiguen como objetivo romper la UE ni salir de ella. Aspiran a transformarla y deconstruirla. Prefieren que haya menos integración o cohesión comunitaria y abogan por mayores cotas de soberanía nacional. Ese es uno de sus retos prioritarios. En cambio, no se pronuncian sobre la necesaria competitividad económica europea ante los retos que plantean EE UU o China, o sobre la dependencia de sus países respecto de los fondos europeos que reciben.

Estos grupos de extrema derecha siguen siendo dogmáticos en sus postulados ideológicos, así como ambiguos en sus objetivos políticos, mientras combaten de forma contumaz los valores liberales: sus principales enemigos. Además, se muestran beligerantes contra las leyes de migración y el multiculturalismo.

Es evidente que, como movimiento político, los partidos de la ultraderecha no son homogéneos. No es lo mismo “Identidad y Democracia” (ID) que los “Reformistas y Conservadores Europeos” (ECR), aunque tras las elecciones es previsible una acción más coordinada entre ellos con el fin de ejercer una influencia mayor. Sin embargo, a pesar de su diversidad, comparten aspectos comunes como el culto reverencial al pasado y a la tradición. Son refractarios a la cultura ilustrada, al diálogo abierto y a la argumentación; también a preservar el medioambiente.

Por otra parte, se muestran hostiles ante la crítica, mientras promueven el miedo a la diferencia, a veces de forma exacerbada, ya sea por color, origen u orientación sexual. Su caballo de batalla. Partidarios de las teorías conspiranoicas, defienden posiciones agresivas ante las políticas feministas, mientras tratan de relegar a las mujeres al papel de madres.

No obstante, conviene recordar a este respecto que en los años 30 del siglo pasado las ideas y principios de la extrema derecha socavaron la democracia en Europa y propiciaron la irrupción del fascismo y del nacionalsocialismo. Ahora se han vuelto más pragmáticos y menos radicales, aparentemente, en sus planteamientos.

Así sucede con Giorgia Meloni,“Más Italia y menos Europa”, o con la imagen que proyecta Marie Le Pen en Francia, con vistas a alcanzar un mayor apoyo para optar a la presidencia en 2027. En realidad, tanto Italia como Francia pueden erigirse en una especie de laboratorio político que después provoque un cambio considerable en las políticas europeas.

A pesar de lo cual, una encuesta reciente del Eurobarómetro revela que las preocupaciones de los ciudadanos europeos son otras. Más prosaicas, más próximas e inmediatas. Lo que preocupa realmente a las familias es: la precariedad de los salarios, la escasez y carestía de las viviendas, así como el deterioro del sistema púbico de salud; pero la inmigración, por ejemplo, o la supremacía cultural no figura entre los problemas más acuciantes.

Por todo lo expuesto, y ante las elecciones del día 9, tal vez convenga recordar las palabras de Albert Camus en 1957 al recibir el Premio Nobel cuando afirmó: “Cada generación se considera a sí misma destinada a rehacer el mundo. Sin embargo, la mía sabe que no lo hará. Aunque su tarea quizás sea aún más ardua. Consiste en evitar que el mundo se deshaga”.

F. Javier Blázquez Ruiz. Catedrático de Filosofía del derecho. UPNA

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