"El inexperto matarife lo acuchilló durante veintisiete segundos a la vista de todos"

Publicado el 02/06/2024 a las 05:00
La vida tiene por costumbre golpear fuerte. Nadie escapa a una enfermedad, una muerte, una desdicha. Viene en el contrato. A Salman Rushdie el golpe le llegó en 2022 en forma de cuchillo mientras dictaba una conferencia en Nueva York, treinta años después de que Jomeini dictara una fetua tras la publicación de la novela Los versos satánicos. Rushdie vivía un momento pleno: la amenaza islámica parecía olvidada, había encontrado al amor de su vida y pronto vería publicada su última obra, Ciudad Victoria. Entonces, lo vio venir desde el atril a cámara lenta: un tipo corría hacia él por el pasillo central del auditorio. El inexperto matarife lo acuchilló durante veintisiete segundos a la vista de todos. Siguieron meses de operaciones y recuperación, pero vivió para contarlo. Los escritores poseen la palabra para contarse y contarnos esos golpes liminares que deben esquivar para seguir escribiendo. Y viviendo. Él lo ha hecho en Cuchillo. Meditaciones tras un intento de asesinato. El testimonio va más allá de los padecimientos hospitalarios y los meses de convalecencia, aunque resulta inevitable advertir qué destrozos terribles puede causar en un cuerpo humano un arma blanca. Rushdie reflexiona sobre la libertad personal y el fanatismo. Imagina cuatro conversaciones con su agresor, que resultan muy brillantes, tanto en lo literario como en su concepción reflexiva, pues durante esos diálogos algo socráticos trata de entender cómo es, qué piensa, qué llevó a su agresor a intentar asesinarlo. Estoy convencido de que todo escritor, tarde o temprano, se da de bruces con un asunto radicalmente personal. Esto es, radicalmente biográfico. Entre tanta banalidad autobiográfica, el texto de Rushdie es una lección que trasciende la anécdota, por llamar a su intento de asesinato de alguna manera, para ampliar el hecho a cuestiones que nos atañen a todos: la libertad de pensamiento y de expresión, la ceguera del fanatismo y los límites severos a los que un completo imbécil puede reducirnos armado con un cuchillo de cocina.