"Aquel olor conducía a muchos sitios por esas puertas dimensionales que abre la memoria olfativa y de pronto era la mañana en San Fermín volviendo del encierro"

Publicado el 15/05/2024 a las 05:00
Sucedió el domingo por la mañana cuando llegábamos a la plaza del Castillo por el Pasadizo de la Jacoba y se vino de pronto un olor a detergente y a acera recién lavada con unas notas discreta de orines, de tabaco y de copas derramadas que tenía tanto de San Fermín que nos resultó muy agradable.
Aquel olor conducía a muchos sitios por esas puertas dimensionales que abre la memoria olfativa y de pronto era la mañana en San Fermín volviendo del encierro, calentándonos el sol nuestro miedo ya vencido en un bienestar único que sucede cuando arranca un nuevo día de fiesta y uno va por la vida en la consciencia máxima de que todo está bien.
Oliendo aquel detergente estábamos saliendo del portal de aquella casa de Ana que olía tan bien y que abandonábamos a las siete del siete con el corazón grapado al pecho. O de pronto nos estábamos duchando antes del encierro en esa tiritona que le entra a uno en el vaho del cuarto de baño ante la contundencia aromática del gel que, un rato después, en el abismo camino de la Cuesta, nos recuerda el hogar que abandonamos a cada paso.
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Olimos el detergente de la Plaza del Castillo y de pronto estábamos subiendo a la comida del jurado del Premio Ciudadela en esa ascensión de las siete plantas del Corte Inglés o lavándonos las manos pegajosas de sangría en el lavabo de la plaza de Toros con esa prisa de pises y ese medio pedo fantástico que uno alcanza a la muerte del quinto de la tarde.
O siquiera bailábamos enloquecidos en las congas de la alpargata empotrados en espalda generosa y limpísima de una jubilada de Milagro que ofrecía su mano por entre sus coreográficos muslos. El jabón sanferminero nos recuerda el orden del cosmos, las cosas que van a salir bien y esa fiesta limpia, blanca y luminosa que nos ata al lado bueno de la vida.
Del otro lado están los champanes resecos de alquitrán de la plaza del Ayuntamiento después del chupinazo, los contenedores de basura al sol y los orines que son menos agradables, pero poseen el mismo valor evocativo. Cada vez que huelo un meado en un callejón en la otra punta del mundo, inspiro satisfecho, como recreándome, y me digo: “Ya falta menos”.