"Las apuestas estaban igualadas, pero persistía la sensación, conociendo el paño, que era todo un montaje"

Publicado el 06/05/2024 a las 05:00
La verdad es que hubo una sensación de tranquilidad cuando Sánchez decidió apartarse para meditar, o lo que fuera, incluso una satisfacción contenida ante la posibilidad de que terminara dimitiendo, como si una puerta se entornase y dejara entrar algo de luz. Como si fuera la víspera de vacaciones. Durante esos días, aparte del bochorno en la sede de Ferraz en honor al líder y el propio ridículo del líder, nada ocurrió. No hubo manifestaciones ni protestas en la calle, nadie se sintió huérfano o desvalido, la vida siguió tan campante. Un contenido alivio se extendió por todas partes, incluido el de parte de sus votantes, necesitados de cuidar su autoimagen. Las apuestas estaban igualadas, pero persistía la sensación, conociendo el paño, que era todo un montaje, aunque había quien no perdía del todo las esperanzas. Que un juez investigara los asuntos de su mujer, en vez de dejarle a él dictar la sentencia absolutoria, no parecía una excusa suficiente. Sin embargo, el anuncio presidencial del lunes seguía el falso guión de que la movilización ciudadana hacía necesaria el regreso del ausente para acabar, según señaló, con la degradación política y para profundizar la democracia. Ya no hablaba de amor, pero esas palabras en su boca daban miedo. O yo, o la barbarie, venía a decir, anunciando que por nuestro bien iba a tomar cartas en el asunto. Recordaba aquel chiste de Hermano Lobo, una revista de humor de cuando no había prensa libre y solo quedaba el humor, en que el líder proclama desde el balcón: “o yo o el caos”, y la gente que le escucha en la calle rompe a gritar “¡el caos, el caos, preferimos el caos!”. Y es que todo este asunto tiene algo de chiste malo, de montaje, de torpe teatrillo. El sesudo Kant, cuyo 300 aniversario acabamos de celebrar, explicó que el chiste es un sentimiento que surge de una tensa espera que se resuelve súbitamente en nada, una especie de descarga de la tensión acumulada que explota en risa. Algo que parece demostrarse en este caso, en que reímos por no llorar.