Elecciones vascas

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Iñaki Iriarte

Publicado el 18/04/2024 a las 05:00

A pocos días de las elecciones vascas, se diría que todo el mundo, hasta el propio PNV, da por sentada la victoria de Euskal Herria Bildu. Es cierto que dicha victoria puede finalmente ser una de esas profecías que se autodestruyen (porque el anuncio provoque una movilización masiva del voto moderado en favor del PNV). Pero también es posible que se trate de una profecía que se cumpla a sí misma (porque muchos indecisos, a los que les gusta sumarse al bando ganador, otorguen su papeleta a Bildu). Las urnas dirán.

En cualquier caso, llama la atención el tono apático y anodino de la campaña, más propio de unas elecciones en las que nada está en juego que el de unas en las que el partido que siempre ha gobernado -con un solo paréntesis de cuatro años- podría verse obligado a abandonar el ejecutivo y los muchos cargos de libre designación que éste comporta. El equipo del candidato del PNV debe de estar desesperado. Pero es lo que hay: a estas alturas las masas vascas sólo se apasionan para recibir al vencedor de la Copa del Rey de fútbol. Por cierto, un extranjero recién llegado se quedaría perplejo ante la paradoja de una sociedad en la que un monarca genera rechazo e indiferencia entre la gran mayoría, pero donde un trofeo en su honor suscita un entusiasmo tan unánime.

Todavía más interesante que esa falta de interés por el resultado de las elecciones, es el hecho de que, de acuerdo con las encuestas, el nacionalismo vasco vaya a obtener en torno al 75% de los escaños y que, por el contrario, los constitucionalistas vayan a tener que conformarse con el 22% (lógicamente, no sumo los posibles escaños de Sumar, puesto que postulan una nueva constitución para España). Podría tomarse esta desproporción como una prueba del deseo de independencia de la mayoría de los vascos. Pero nada más lejos de la realidad; todos los estudios indican que el sentimiento independentista está bajo mínimos. Y tanto el PNV como la izquierda abertzale, es decir, Bildu, lo saben.

Pero si la “independentzia” no seduce a la gran mayoría de los vascos, menos aún lo hace el “sozialismo”, la segunda palabra mágica de la consigna tradicional de la izquierda abertzale. La sociedad vasca se parece poco al Petrogrado de 1917 y está compuesta más por funcionarios, jubilados y directivos que por clases bajas. Euskadi lidera la renta neta media por hogar de España y tiene los salarios netos y las pensiones medias más altas de todo el país. Si se consultan en el Instituto Vasco de Estadística-Eustat las diferencias de renta personal en Euskadi entre nacionales y extranjeros, se constará el gigantesco abismo económico que existe entre nativos e inmigrantes. En otras palabras, la pobreza acosa casi exclusivamente a aquellos que no podrán votar en las elecciones del próximo domingo.

Pero, entonces, ¿a qué obedece ese ascenso irresistible de una coalición que expresamente aspira a crear una república socialista independiente? La respuesta es, por supuesto, compleja, pero podría sintetizarse así: la sociedad vasca ha girado tradicionalmente en torno a la cuestión de su identidad, real o figurada. De hecho, se figuraba que su mayor desarrollo económico, que su bienestar, era una consecuencia directa de su particularidad identitaria. Sin embargo, esta sociedad todavía orgullosa, está ya inmersa en una profunda crisis. Como en el resto del mundo occidental, la globalización y los flujos migratorios diluyen imparables las diferencias culturales, cuya defensa propició el surgimiento del nacionalismo a finales del XIX. Pese a todos los intentos del PNV por poner remedio a este proceso de descapitalización identitaria, la “forma vasca de ver el mundo” es día a día menos indiscernible de la de su entorno. Las calles vascas son como las calles de cualquier otro punto del mundo globalizado: estaciones de tren donde gente variopinta se cruza sin compartir más que un aire nómada y las prisas por llegar o partir a algún sitio. El bienestar económico empieza también a descomponerse y se vislumbra en el medio plazo un mercado laboral formado por extremos: repartidores de comida, por un lado, y exitosos CEOS del mercado mundial, por el otro. La clase media intenta a la desesperada hallar un refugio en el funcionariado.

En este escenario incierto, a muchos vascos, sobre todo jóvenes, pero también de mediana edad, les parece que el PNV ha fracasado a la hora de defender esa identidad -de la que solo queda la carcasa- y ese bienestar económico que le suponen ligado. Comprensiblemente, piensan que más nacionalismo y más sensibilidad social podrán solucionarles el futuro. Sólo veo una forma de convencerlos de su error: que puedan comprobar directamente la inanidad de un gobierno de la izquierda abertzale.

Iñaki Iriarte López. Profesor de la EHU/UPV y parlamentario foral de UPN

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