Sin agricultura, nada

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Antonio Purroy

Publicado el 17/04/2024 a las 05:00

Hace ya más de dos meses que los agricultores navarros, también del resto de España, una mañana se subieron a los tractores y se tiraron a la carretera camino de las ciudades para hacer públicas sus reivindicaciones ante la sociedad. No se podían creer lo que estaban consiguiendo: movilizar a tantos compañeros en tan poco tiempo a golpe de whatsapp, sin necesidad de utilizar la maquinaria organizativa de las fuerzas sindicales.

El hartazgo de agricultores y ganaderos reventó por donde más le duele a la administración, que es poniendo en evidencia su falta de empatía ante la asfixia que padecen desde hace tiempo. No es el lugar ni el momento para desgranar todas sus peticiones y menos las promesas que brotan desde ministerios y consejerías, que son poco creíbles a juzgar por lo ocurrido en el pasado. Solo les pedimos que no abusen de su bondad para seguir engañándoles y eliminen de su vocabulario las mentiras cuando se dirigen a la sociedad. No se imaginan el mal que están haciendo.

Se quejan los agricultores, y con razón, de las duras exigencias medioambientales para cultivar sus campos y para criar su ganado, pues ellos son los más interesados y los que más hacen por el mantenimiento del medio natural. Las ayudas PAC se han convertido en una pesadilla por las dificultades en cumplir los requisitos para obtenerlas y para gestionarlas, con una burocracia informatizada insufrible. Los elevados costes de producción a menudo superan los ingresos por la venta de sus productos, es lo que se conoce como producción a pérdidas, que la nueva de ley de la cadena alimentaria (Ley 16/2021) no está consiguiendo resolver. Hace tiempo que denuncian que los productos importados de terceros países, que se venden a precios más bajos, no cumplen las elevadas exigencias europeas (UE) de producción, sanitarias y medioambientales, que repercuten negativamente en la salud de los consumidores. Los desajustes e incertidumbres de los seguros agrarios. Denuncian la mala gestión del agua de riego, un bien cada vez más preciado pero necesario para satisfacer la sed de los cultivos. La despreocupación por el relevo generacional bien programado ante la despoblación sistémica del medio rural. La elevada fiscalidad a la que se ve sometida el sector agrario, que además varía según las CC AA, y Navarra se lleva la palma.

Si hace tiempo que la clase política conoce las reivindicaciones de los agricultores, ¿por qué ha sido necesario que se manifestaran con determinación para reconocer sus problemas? Aunque han procurado molestar lo menos posible a la ciudadanía, ¿quién paga las incomodidades provocadas en calles y carreteras? ¿Y las horas de trabajo perdidas y los litros de gasoil consumidos? ¿Y las multas percibidas? Los tractores no están hechos para rodar por las carreteras.

Las reivindicaciones de los agricultores están sustentadas en la confianza que les da el saber que cada mañana se levantan para producir los alimentos que consumen los ciudadanos. ¿Hay profesión más noble que esta? Son conscientes de que habitan en la región del planeta, la UE, donde las gentes del agro tienen las mayores exigencias en cuanto a normas medioambientales, calidad nutricional y garantías sanitarias de los alimentos producidos.

A partir de los años 50-60 del siglo pasado, la producción de alimentos se convirtió en estratégica en los países avanzados del primer mundo, que tienen como objetivo alcanzar la soberanía alimentaria para no depender de terceros países para alimentar a sus ciudadanos. Hace unas pocas semanas, la Ministra de Defensa declaró, con un cierto grado de irresponsabilidad, que “existe una amenaza real de un nuevo conflicto bélico mundial”. Tenemos que ser autosuficientes en alimentación por si un desastre de estas características llegara a ocurrir. Los agricultores y ganaderos saben que la sociedad está con ellos, como lo demuestran los cariñosos aplausos que recibieron a su paso con los tractores por las calles de pueblos y ciudades. Tampoco olvida la gente que, durante la pandemia, no se bajaron del tractor para seguir cultivando la tierra y que, de forma desinteresada, desinfectaron las calles de los pueblos con sus carros de distribución de fitosanitarios. La agricultura fue considerada en aquellos días actividad esencial, había que seguir alimentando a la población. Sin alimentos no hay vida.

A los políticos actuales lo que más les preocupa son los votos que puedan conseguir en las siguientes elecciones, por ello manejan diariamente encuestas de intención de voto. Si a mediados del siglo XX la mitad de los trabajadores españoles lo hacían en el campo, hoy esta cifra ronda el 4 %, con un total cercano a 850.000 agricultores y ganaderos activos. En términos de rédito electoral es una cantidad pequeña, pero no son conscientes del efecto de arrastre que tienen en la sociedad: sus propias familias, el resto de personas que viven en el medio rural, los urbanistas que tienen orígenes cercanos en el campo, los que valoran la producción de alimentos de calidad contrastada y la conservación del medio ambiente y de la sociedad rural etc., conforman una bolsa de votos nada despreciable.

No se podía imaginar Columela, un hispano de la Bética experto en agronomía, que vivió en el siglo I del Imperio Romano y que acuñó la frase “sin agricultura, nada” (“sine agricultura, nihil”) escrita en su obra De re rustica, que esta frase fuera a tener tanta vigencia veinte siglos después.

Antonio Purroy Unanua es doctor Ingeniero Agrónomo

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