El Rincón

UPN, relevo y hoja de ruta en un contexto hostil

Con más competencia por la derecha y una izquierda que sólo mira a su izquierda, UPN busca consolidar su apuesta centrista y transversal

Cristina Ibarrola y Alejandro Toquero, futuros presidenta y vicepresidente regionalistas, saliendo de la sede pamplonesa de UPN
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Cristina Ibarrola y Alejandro Toquero, futuros presidenta y vicepresidente regionalistas, saliendo de la sede pamplonesa de UPN
Cristina Ibarrola y Alejandro Toquero, futuros presidenta y vicepresidente regionalistas, saliendo de la sede pamplonesa de UPN

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Miguel Ángel Riezu

Publicado el 14/04/2024 a las 05:00

UPN vive en una crisis existencial desde hace años. Exactamente desde su salida del Gobierno de Navarra allá por 2015, tras la agónica legislatura de Yolanda Barcina, con la ruptura del Ejecutivo de coalición UPN-PSN incluida. Y es que, a pesar de que los regionalistas siguen siendo el partido más votado en Navarra en todas las elecciones forales, es la tercera Legislatura en la que se quedan fuera del poder. 

Una realidad muy difícil de digerir por mucho que venga dada, en lo fundamental, por el cambio de posición del PSN al aceptar apoyarse en Bildu para llegar al Palacio de Navarra. Que es el gran cambio, o línea roja desbordada, que ha marcado el rumbo de la política foral en los últimos años.

Un congreso clave. Es por eso que los regionalistas afrontan este abril un congreso relevante, el de la sustitución de Javier Esparza en el liderazgo. Y en un contexto político muy hostil. Llevan años estancados en el voto, han asomado con fuerza las fracturas internas, los votantes no perciben impulsos ilusionantes de renovación en su seno y acaban de perder con estrépito y alevosía el mayor escaparate de poder de que gozaban todavía, el Ayuntamiento de Pamplona, entregado por el PSN a EH Bildu. Como para tirar cohetes, vamos.

Es verdad que los dos principales activos hoy del partido (Cristina Ibarrola, ex-alcaldesa de Pamplona y Alejandro Toquero, alcalde de Tudela por mayoría absoluta) han sido capaces finalmente de pactar una lista única para el Congreso, lista que encabeza la primera. Conjuran así, in extremis, la imagen de división interna que amenazaba con dejar más herido tras el conclave al partido foralista. Este primer ejercicio interno de unidad (o tal vez mejor habría que llamarlo de tregua) se antoja como una condición necesaria pero no suficiente para generar el impulso que la oposición necesita y de la que hoy carece.

UPN siempre ha sido un partido con una vida interna muy agitada, asamblearia, rica. Pero la realidad política de Navarra exige ahora mucho más que discusiones personalistas, capillas o rivalidades internas. Esa no puede ser la clave.

Una realidad trabada y compleja. Y es que la entente política PSN-Geroa-Bildu, cada día más trabada, cercena las opciones de la oposición de centro-derecha en Navarra de volver al Palacio de Navarra si no es por la vía de crecer en votos de forma muy importante. Más de lo mismo sólo llevará al regionalismo a la parálisis y la frustración, y esos son los mejores atajos para aterrizar en la irrelevancia.

La realidad política del espectro de la derecha y el centro es más compleja hoy. Vox irrumpió en un extremo y sigue a lo suyo. El PP ha consolidado su estructura en Navarra, abriéndose paso a codazos con UPN, con quien mantiene tensas relaciones a pesar de que una masa de votantes se mueve cómoda eligiendo a unos o otros según la cita sea nacional o navarra. El intento de UPN de acordar con el PP participar en su lista a las europeas en junio se ha saldado con un portazo, educado pero portazo, de Génova. Evidencia mar de fondo, difícil de explicar a los votantes más allá de los puros intereses partidistas.

Con más competencia por la derecha y una izquierda que sólo mira hacia su propia izquierda, UPN busca consolidar su apuesta centrista y transversal. La que ha sido marca de la casa en otras épocas. Un partido que siempre ha sido autónomo, con el centro de decisión en Navarra (ni en Bilbao ni en Madrid, ejemplifican) y que reivindica el legado de los Fueros para sostener una comunidad tan singular como la nuestra y defender su identidad frente al anexionismo de los nacionalistas vascos.

Una sociedad distinta. También la realidad social de 2024 es la que es. Con una sociedad políticamente muy polarizada, sí, pero donde los mensajes de arrebato identitario tienen un efecto limitado en las nuevas generaciones. Con una economía que sigue creando empleo pese a todos los avisos, lo que hace que se desactiven los miedos del bolsillo a corto plazo.

Y también con una sociedad que vive instalada en las incertidumbres comunes a todo el mundo occidental: amenazas de guerra en Europa que asustan, populismos que descolocan, y tsunamis tecnológicos que nos arrastran. Y, por tanto, una sociedad resuelta a vivir sólo en el presente del “carpe diem”, la calidad de vida y el ocio de los fines de semana. Muy dispuesta a olvidar el pasado reciente más duro (el terrorismo), y con ello a difuminar las fronteras éticas que tan claras han estado para dos generaciones (una amnesia especialmente generosa con EH Bildu).

Y donde para ser una alternativa debes ofrecer confianza a esos ciudadanos que se ubican en el centro, que se asustan de la radicalidad y que lo que buscan son soluciones a sus problemas cotidianos (sanidad, vivienda, calidad en el empleo, etc..)

Un puzzle complejo que requiere sostener los principios y reconectar con las necesidades de la sociedad, incluidas las nuevas generaciones, y saber levantar una alternativa retadora que genere ilusión.

Un proyecto que no es fácil. Exige grandes dosis de ambición, mucho trabajo de hormiguita (en cada pueblo, en cada barrio) y también paciencia y disciplina para remar en la misma dirección, sin zancadillas. Pero si algo está claro es que UPN necesita ofrecer a la sociedad navarra un gran salto adelante si quiere estar en disposición de ser la alternativa en 2027.

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